9.25.2011

Mis Razones Para un Ultimo Beso cap.5


Capitulo quinto: Te Odio

Le seguí los talones hasta su mesa y me quedé plantado frente a ella, quien seguía sin hacerme el más mínimo caso. No tuve más remedio que apoyarme al borde de su escritorio y requerir de su poca paciencia.
-¿No crees que fuiste un poco cruel conmigo allí dentro al no contarme de antemano tu parentesco con El Jefe? –empecé con tono dulce y sentimental, tratando de parecer amable.
Hacía como que buscaba algo entre la inmensidad de carpetas sobre su mesa. La ponía inquieta y eso me gustaba enormemente.
-La verdad no es que piense eso de tu padre, creo que es un hombre al cual se le debe de tener mucho respeto, sobre todo ahora que lo conozco personalmente. Creo que tienen razón con el tema de que primero hay que conocer y dejar a un lado las recomendaciones de otros. Sé que fue un gesto grosero por mi parte, y lo siento en el alma, así que trataré de ser mejor persona a partir de ahora en adelante…
Mientras hablaba cogió una de las muchas carpetas y con una mirada firme me la entregó, más bien me la estampó en las manos.
-¿Qué es…? –pregunté con varios tonos elevados de mi voz.
-Como ves, eso es un libro –dijo como si fuera lo más obvio. Cada vez que pasaba el tiempo en ese lugar sentía que me odiaba aún más por segundos y yo tampoco me quedaba muy corto. Ahora la fachada de caballero amable era la que, básicamente, formaba mi persona porque lo que se trataba de mí, se había esfumado antes de entrar. –Ahí tienes todo lo que necesitas, más bien debes saber sobre nosotros, lo que hacemos, nuestros propósitos para un futuro cercano y blablabla… –haciendo aspavientos indiferentes con las manos en el aire.
-¿Tengo que aprenderme esto? –puse el libro en alto.
Ella asintió cansina.
-No hay problema, esto no es nada para mí –añadí encogiéndome de hombros y era verdad, aquello no suponía un trabajo laborioso, me había aprendido monólogos mucho más extensos que aquel intento de libro en tiempo record. Tenía una memoria infalible, lástima que no me sirva para las caras.
-Esto… eso sólo es la introducción. Esto –entregándome otro el triple en grosor y el cual tuve que cogerlo con ambas manos para no dejarme manco por accidente –es lo que debes aprenderte. Me alegro de que no suponga un problema para ti porque estaba dispuesta a brindarte alguna ayuda, pero me dejas tranquila. Hasta ahora nunca ha habido ningún empleado que no diera quejas y más que quejas con respecto a leer esta monstruosidad de libro, pero ya ves, a mi padre le encanta explayarse cuando se trata de plasmar sus ideales –me informó con esa sonrisa de disimulo para parecer más contenta de lo que debería.
Simplemente habíamos empezado con mal pie. Para mi mala suerte se trataba de la hija del jefe por lo que no debía hacer gran cosa, una pequeñez vale, pero tampoco con tambores y castañuelas, algo simple para poder recuperar mi presencia inmaculada y ganarme cuanto antes la afirmación de mi recuperación y así regresar a mi vida.


-La odio.
Frankie estaba sentado en su sofá acolchado cerca del radiador del ventanal, contemplando maravillado caer la lluvia fuera y las gotas que golpeaban sobre el cristal mientras sujetaba con sus finas y níveas manos, una taza de café negro que desprendía humeantes oleadas de calor a la estancia.
Mi inusual ataque verbal contra mi nueva jefa lo sacó de su momento especial.
-Pues a mi me parece una persona maravillosa, sobre todo por su afán de ayudar a su padre incluso en el trabajo –apuntó dando pequeños sorbos a su café.
Eso debía conceder como un punto a favor aunque sea a regañadientes. Es que esto era sorprendente, me estaba comportando como un crío rebelde y no debía hacerlo. Respiré hondo y seguí con mi lectura que me había llevado la mayor parte del día, y si no fuera por el café bien cargado de Frankie, en este preciso momento estaría plácidamente dormido sobre alguna de esas páginas que no hacían más que hablar de leyes y más leyes con alguna que otra parada en su labor y puntos conseguidos. Necesité de su ayuda para entender alguna de ellas.
-Eso no quita mi odio hacia esa persona. Me humilló delante de su padre aunque ese pobre hombre no se diera cuenta. Me juré a mí mismo que ninguna mujer me pasaría nunca por encima y las que lo han hecho no han salido impunes, eso lo sabes muy bien Frankie, muy bien –remarqué la última parte con expresión sombría.
Él se levantó de su cómodo lugar para sentarse de nuevo a mi lado.
-Una jugarreta a la mañana siguiente de haber mantenido relaciones maritales, Keith, déjame decirte que a eso no se le puede llamar venganza –dijo dándome pequeñas palmaditas en la espalda.
-Pero es sumamente divertido, Frank –me apoyé contra el respaldo del sofá desechando el libro a un lado-. El verlas salir disparadas de mi dormitorio hasta la puerta de salida aún en paños menores… -solté un leve suspiro de añoranza por esas mañanas -. Quiero regresar a esa vida. La hecho de menos.
Frankie me observó detenidamente durante unos segundos con los ojos entrecerrados, quizás examinando imperfecciones en mi bello rostro o tratando de encontrar otro significado a mis palabras, cosa que hacía continuamente. Entonces se puso en pie nuevamente para encaminarse hacia la cocina.
-Déjame decirte Keith…
-No hace falta que te dé mi permiso, siempre lo acabas soltando –añadí en un murmullo.
-De todos modos, no entiendo el motivo por el cual quieres ese estilo de vida. Está bien, alguna que otra noche loca no viene mal a la salud de cualquier persona, pero lo tuyo son noches sin fin. Keith, las mujeres también tienen sentimientos y por mucho que te hayan hecho daño en el pasado, no tienes por qué atacar a las que no te han hecho nada. Esa es la actitud de un machista y no quiero que seas alguien así –paró un segundo entre que aclaraba la taza y la dejaba boca abajo en la pila de platos, pero a pesar de eso no siguió.
-Yo no tengo nada contra ellas. ¿De dónde sacas una cosa así?
-¿Y me lo preguntas? Mira Keith, no soy tu psicólogo ni nada por el estilo pero algo en ti no anda bien. Tienes una obsesión con las mujeres que cuantas más tengas en tu colección no te sientes tranquilo y cuando obtienes tu acometida te deshaces de ellas o las tiras literalmente hablando, claro.
Esa aclaración me hizo recordar lo sucedido con Colette Deveroux hace unas semanas, en cómo se había aferrado a tratar de planear una futura vida conmigo, con hijos y un perro en el jardín. He de reconocer que me faltó poco para que me entrara el pánico, pero conseguí reducirlo con varias sesiones de momentos en activo hasta que acabó rendida con la boca bien cerrada. Nada más llegar la madrugada, las gemelas Judy y Lauren, sirvientas que tras decidir marcharme de la protección de mi padre, decidieron acompañarme. Ellas sabían el protocolo estándar a seguir en momentos como aquel. Me había costado una fortuna adaptar la habitación pero era un precio justo con tal de quitármelas de encima cuanto antes. Judy era la encargada de activar el mecanismo que la hacía despertar pues no iba a dejar a una joven bella salir sin nada con qué cubriese antes. Una vez medio vestida, Lauren era la encargada de entrar para hacer como que limpiaba y le informaba que por motivos urgentes había tenido que marcharme, y era entonces cuando venía la parte importante. Si insistía en quedarse con el pretexto de esperarme y así hacerme el desayuno, Judy y Laurent se encargaban de empezar con el trabajo sucio. A ella le había tocado probar lo peor de las gemelas. Mientras esperaba en la segunda habitación a que terminaran, Colette había sido deslizada hasta el primer piso por el tobogán que conducía prácticamente a la salida aunque, claro está, con su ropa perfectamente doblada y planchada en un neceser, cortesía de Keith von Kramer, más una nota de disculpas por mi inhospitalidad. La mujer no volvió a llamarme y había ido contando su experiencia a sus amigas, pero, a pesar de eso, mi popularidad no había decaído, más bien iba viento en popa.
-Pero es muy divertido –exclamé sonriente.
-Para ellas no porque las humillas.
-Pues que no hablen más de lo necesario. Al fin y al cabo lo que yo busco en ellas es lo mismo que ellas buscan en mí, ¿o me vas a decir que miento?
Se mantuvo en silencio un momento pensando en su respuesta.
-Pero ellas no montan un parque de atracciones en su habitación para cuando se cansen de ti, te echen. Además tú tienes la culpa por relacionarte con mujeres así. Hay mujeres que no lo son Keith, hay mujeres diferentes –se cruzó de brazos tratando de disimular su repentino crispamiento-. Por ejemplo ahí tienes a… Amanda, esa muchacha parece de lo más formal.
Lo contemplé como si fuera el hombre más loco del mundo… Normal.
-¿Me acabas de poner a Amanda como ejemplo? ¿De verdad, Frankie, de verdad?... –me puse en pie, cansado ya de sus palabras. No quería soltar una brutalidad que me la recordara por el resto de mi eterna existencia. Y antes de encaminarme por completo hacia la salida frené mis pasos y dije dándole la espalda-. Hay tipos peores que yo que usan cosas peores para deshacerse de ellas así que no me vengas con que lo mío es mucho peor, porque no lo es –y me levanté para salir fuera. Necesitaba aire fresco, algo que fuera corría a borbotones.

2 comentarios:

Cande dijo...

No sabía que escribías , Eve ^^ me gusta.
Un beso!

Eve dijo...

gracias! me alegra que te guste
dos besos ;)