1.08.2012

Historia sin nombre

Bueno, como hace exactamente pocas entradas publiqué imágenes hechas con Photoshop, pues desde entonces me llevan dando vueltas por la cabeza pequeñas ideas, fragmentos y cosas así (sí, mi manía de los fragmentos) y al final resultó lo siguiente así que os animo a que lo leáis me digáis qué tal.



—Un  Mocca Frappuccino —dijo el chico después de unos segundos de indecisión observando con los párpados entornados hacia la pantalla del menú— y una ensalada de pollo Ranch para mi compañera —añadió tras captar la incansable señal de dedos que hacía Sienna unas cabezas más allá.
El chico que atendía a Ethan era alto, flaco y pecoso, tan pecoso que Ethan creyó que tenía la cara mugrienta y que era un guarro de cuidado. Al final se conformó con que, después de casi un cuarto de hora, lo atendieran.
A Sienna le gustaba comer en ese Starbucks a pesar de que a unos pasos de distancia hubiera también un McDonnals, un KFC, un Pizza Hutt, un Burguer King y un Subway, pero así era Sienna, cliente fija de esa cadena de cafés; decía que se sentía importante.
Pagó con un billete de diez libras al dependiente pecoso y esperó mirando fijamente cómo se imprimía su ticket. El dependiente pecoso le devolvió el cambió más el trozo de papel sin mucha cordialidad y no le culpaba, al pobre chico le había tocado empezar su turno en pleno apogeo del negocio, aunque de todos modos pensó mantenerlo vigilado por si le daba por escupir dentro de su taza.


Ethan se apartó de la caja registradora hacia su derecha y apoyó los codos sobre el mostrador en una pose de completo aburrimiento mientras esperaba su pedido. Odiaba esperar o, para mejor entendimiento, odiaba las conglomeraciones asfixiantes, y estando en plena cabeza de una fila interminable, se sintió el líder de una panda de famélicos adolescentes. Se dio la vuelta un momento para comprobar cómo Sienna se había perdido entre las cabezas de todos los colores del gentío hasta encontrarla al fin sentada en una de las sillas con forma de tubo acolchado cerca de la puerta. Suspiró, no sabía si por el calor que abundaba en su posición o por el abatimiento, simplemente se le dio por suspirar.
Después de ver cómo tomaban el pedido de cinco personas, la queja de una abuelita con mala leche a la dependienta junto al pecoso, y un accidente leve con la máquina de cafés, Ethan pudo recoger la bandeja con su pedido y encaminarse por fin a una silla libre al lado de Sienna.
Estiró el cuello, examinando los alrededores con la mirada, y encontró con que Sienna se había movido de sitio y ahora lo esperaba sentada en un taburete junto a la pared de cristal con vistas al McDonnals de enfrente.
Sienna apartó sus mochilas del taburete a su lado y él pudo sentarse.
—Tu ensalada —indicó acercando la bandeja blanca frente a ella—. ¿Sabes que tardaron más en hacer tu ensalada que en mi café? —la informó irritado ya cogiendo su taza en una mano y, no sin antes comprobar que nada transparente flotaba por la superficie del brebaje, se lo llevó a los labios.
Sí, el sabor amargo y dulzón del café lo ayudó a despejarse y pensar con claridad. Para Ethan el café era como la viagra para los viejos.
—Bueno, bueno, no te encolerices —replicó ella destapando su ensalada con cuidado, cogió sus cubiertos de plástico y pinchó sin piedad una hoja de lechuga pasando olímpicamente de sazonarlo con el botecito de aceite y la bolsa de sal, Sienna era de gustos naturales—. Además, no viene mal de vez en cuando hacer un poco de ejercicio doble.
—Venga, ¿no lo dirás en serio? No después de atravesar media ciudad corriendo para evitar que nos linchen los amigos del macarra de tu ex.
Masticó unas cuantas veces el trozo vegetal y lo tragó. Ethan se quedó absorto viendo cómo atravesaba su garganta. Tenía un cuello tan juvenil y hermoso que sintió que se sonrojaba con el recuerdo de tardes en el sofá de su casa mientras supuestamente hacían sus deberes. Apartó los ojos tratando de no mostrar sus sentimientos y sin sorpresa lo consiguió. Ethan era la clase de chico reprimido en materia de exteriorización.
—¡Ah, Dios! No vuelvo a liarme con ningún tío como esos nunca más, lo prometo —puntualizó levantando la mano en señal de juramento, luego, con una sonrisa cínica, añadió: —. Al fin y al cabo sólo fue para conseguir infiltrarme en su casa, ¿lo sabes, verdad?
Ambos se mantuvieron la mirada, cielo y tierra, mientras él daba otro sorbo a su Mocca. Tragó sin esfuerzo incapaz de concentrarse en nada más que en los ojos marrones de ella que en comparación con su tez blanca, parecían dos agujeros negros enmarcados por sus abundantes pestañas rubias. La línea negra hecha a pulso que pasaba por cada párpado la hacía ver mucho más mayor de lo que era, de unos veinte años a pesar de a penas haber cumplido los diecisiete. Vio cómo Sienna entornaba los ojos, un gesto a penas apreciable, pero Ethan lo notó.
—Lo sé —se rindió a decir él dejando el vaso sobre la bandeja y apartó por fin los ojos de ella—. Maldita sea, pero la próxima vez que se te ocurra hacerlo, al menos, házmelo saber.
—Te envié un mensaje —dijo ella manteniendo el nivel de su voz aunque más parecía que quería replicar burlonamente, algo que a veces lo ponía nervioso—. Sabes que tu habilidad me viene de perlas en estos asuntos.
—¿A disfrazarte de chica de compañía y liarte con un tío que te dobla en edad lo llamas “estos asuntos”? Mira, una cosa es que te ayude, te cubra las espaldas y todo eso que implica nuestra delicada alianza, pero una parte de mí empieza a cansarse de siempre tener que verte… así —la señaló con la mirada. Ella se echó un vistazo concienzudo a su atuendo de secretaria putilla con esas medias de rejilla que a penas le cubrían las piernas bajo una falda que se ceñía a cada curva, sin comprender qué había mal en ella hasta que sorprendida le plantó una mirada inquisitiva—. Oh, sabes a lo que me refiero. Me parece estupendo que te ganes la vida, incluso yo saco mis beneficios, lo sé. Pero ya hemos escapado muchas veces en estos últimos dos años de que nos pillen. Si no fuera por que yo…
—Y ahora me vas a echar en cara esto. ¡Me parece increíble! —exclamó molesta girándose toda resulta a terminar con su ensalada.
—¿Cómo que te parece increíble? ¿Y si te matan? Tienes demasiada fe en que te pueda sacar del atolladero siempre y sabes tan bien como yo que tengo mis fallos. ¡Soy humano, joder! —soltó perdiendo la poca paciencia que le quedaba aporreando la mesa con un puño.
La chica lo miró con los ojos muy abiertos con el tenedor a escasos centímetros de su boca.
Sienna sabía que en parte su inconsciencia no era provocada, a ella le encantaba las situaciones límite y la adrenalina, y sabía también que Ethan era el mejor compañero de fechorías. Nunca había puesto peros a nada ni se había quejado cuando una situación prevista se había torcido nada más empezar, incluso se había entusiasmado tras su propuesta de convertirse en jóvenes delincuentes. Pero nunca, hasta ese momento, lo había visto tan terriblemente compungido. Así que soltó el tenedor sobre la ensalada, se frotó las manos y con ellas cogió el rostro ceniciento del muchacho con todo el cariño que ella sabía que siempre tendría para él. Vio cómo Ethan le lanzaba una mirada resentida y sintió que en su pecho se revolvía un montón de sentimientos contradictorios. Por un lado echaba de menos la normalidad de hace dos años, cuando se quedaban en casa del chico para tener la vida de toda adolescente, ya que la suya era un completo caos, pero una vez que se ha probado la vida extrema de un estafador ya no hay vuelta atrás y eso ella lo supo muy bien cuando decidió introducirse en esa vida. Sin embargo, siempre supo también que Ethan no era el tipo de chico que podría seguirle el paso, pero confió en él para que hiciera de su conciencia perdida. Además el chico tenía, a parte de su habilidad, una resolución implacable, algo que a ella le venía de pelas.
—Tranquilízate, ¿vale? Mientras sigamos como hasta ahora nada malo nos pasará a ninguno de los dos. No pienso permitir que te pase nada —le aseguró ella con los ojos fijos en los de él.
Él gimió encogiendo su cabeza entre sus hombros.
—Sé que esto que estamos haciendo es mucho más complicado que las tiendas de pequeños comerciantes, aunque el crimen organizado nos venga grande, es un comienzo glorioso. Además sabes que puedes largarte cuando quieras. Tú eres normal, yo he nacido en esto y he aprendido de los mejores.
—Pero ese es el problema, que no quiero dejarlo por dos simples razones: a) tengo una cuenta que supera la nómina de mis padres y si sigo así dentro de nada podré jubilarme, y b) estás tú. Sin embargo, eso no quita que piense que es peligroso por tu maldita confianza en mi habilidad.
Ella deslizó sus brazos alrededor de su cuello con cariño y se apegó a él tanto como le permitió la silla. Frente a frente se contemplaron con todo el conocimiento compartido de muchos años de amistad y cariño.
—Piensa en tu habilidad como un plus, querido. Y aunque no la tengas siempre recurriría a ti, ¿lo sabes, verdad? —él asintió no muy convencido. Sienna se acercó tanto a él que sus labios se rozaban—. Tú eres el chico bueno y yo la chica mala, ambos nos compensamos. Somos unos genios del mal y en muchos otros sentidos también —insinuó lamiéndose los labios lo cual hizo que el pulso de Ethan se ralentizara.
Entonces ella se apartó bruscamente de él, tanto que le provocó un dolor físico asfixiante. Su proximidad le proporcionaba momentos de lucidez a la vez que agonía.
Cada uno se concentró en terminar con su pedido. Ethan fue el primero, cogió una servilleta y se limpió los restos de espuma que le pringaban los labios y la arrugó con mucha presión en un puño. Sienna engulló el último trozo de pollo de su ensalada sin compasión, se cubrió la boca con una servilleta disimulando un eructo y se puso en pie deslizándola sobre el suelo haciendo ruido, camuflado por las voces altas de toda la gente que entraba, se sentaba y platicaba en grupos a su alrededor. Ambos se pasaron las mochilas gemelas negras con muchos ganchos a la espalda y, sin recoger la bandeja, salieron al exterior. Ethan echó un vistazo al cielo nocturno, no parecía peligroso ni tampoco bien avenido, si no se daban prisa la lluvia seguro los cogería a ambos antes de llegar a la estación. Echó un vistazo a su reloj de pulsera y dio un sobresalto. A su lado, Sienna lo miró con una ceja levantada.
—¿Y ahora qué te pica?
Ethan agarró la muñeca de ella y salió corriendo rumbo a la estación. Por suerte habían acabado no muy lejos. Para no perder tiempo entró por el centro comercial atravesando el pasillo ya casi vacío y con los puestos ya echando el cierre. Eran las ocho menos cinco y dentro de exactamente cinco minutos, si no recordaba mal, saldría el metro que los llevaría seguros a casa. Por suerte, cuando ya salieron a la otra punta del establecimiento, comprobaron cómo la línea central corta salía. Aún les quedaba unos minutos así que, sin dejar de presionar sobre la mano de Sienna, corrió lo más rápido que podían ambos, algo que no les suponía ningún esfuerzo. Eras unos corredores natos. El deporte no les suponía ningún esfuerzo ya que su profesión requería una preparación física extrema y, además, su juventud no les presentaba ningún achaque.
Llegaron en menos de un minuto a la entrada de la estación central de Stratford. La línea central era externa por lo que estiró el cuello para ver si distinguía un tren rojo. No había ninguno a la vista por ahora.
Ambos sacaron sus tarjetas azules y las picaron en los círculos amarillos que con un pitido les permitieron el paso al interior. Pura formalidad. Los agentes apostados a los lados en la entrada los miraron pasar como una exhalación y medio sonrieron. Chiquillos pensó uno de ellos con gracia.
Subieron la escalera hacia los andenes superiores de tres en tres y llegaron por fin a su destino. Todo eso en menos de cuatro minutos, sólo debían esperar uno para que su transporte público llegara para llevarlos seguros a casa. Ambos eran compañeros de colegio por lo que vivían en la misma calle. Ethan compartía casa con otros cinco miembros: sus padres, su hermana mayor que dentro de nada contraería matrimonio con un abogado amigo de la familia, un muermazo de tío que aún no comprendía que Christie sólo le había dado el sí quiero como método de escape, y sus abuelos. Todos ellos representaban la típica familia londinense que se extendía a siglos de renombre. En cambio Sienna sólo tenía que soportar convivir con su abuela materna ya que sus padres vivían en Nueva York, lo cual explicaba el acento americano que solía adoptar la muchacha en ciertas ocasiones. Ethan se burlaba de ella cuando sucedía pero luego recibía una colleja que le hacía ver las estrellas. También tenían un mayordomo y una doncella, cada vez que Ethan pasaba por su casa se sentía extraño por tanta atención, incluso se ofrecían a quitarle la chaqueta.
Entonces unas luces los deslumbró de frente y supieron que ése era su billete de salvación. En cuanto se detuvo frente a ellos en un largo vagón rojo brillante, esperaron detrás de la línea amarilla a que bajaran los últimos pasajeros rezagados que volvían del centro, justo a donde se dirigían ellos. Dando un salto los chicos entraron en la cabina y se despatarraron en la fila de asientos cercana a las puertas. Ethan sacó el iPod del bolsillo con cremallera de la pernera de su pantalón, desenrolló los cascos y se los colocó en cada oreja, y todo el camino de regreso escuchó cómo Sum 41 y The Spill Canvas aporreaban melódicamente en sus tímpanos. Sin embargo Sienna se dedicó a echar un vistazo a uno de los periódicos abandonados en su silla como si realmente le resultara fascinante.
Y así, justamente a las ocho horas y veintitrés minutos de la noche londinense, llegaron sanos y salvos a la estación de Bond Street desde donde sólo les tocaba atravesar unas cuantas calles hasta llegar a sus casas.
Pero al parecer esa no iba a ser su noche tampoco porque, justo cuando se disponían a dejar atrás Davies Street escucharon unos pasos que aporreaban el suelo de forma sospechosa. Sienna apretó disimuladamente la mano de Ethan y él captó el mensaje: los estaban persiguiendo. A su derecha se abría una calle angosta y poco iluminada, Saint Anselm's Place, y el chico recordó en que si llegaban al escondite que había detrás de un basurero solitario, podían hacer uso de su habilidad antes de que los pillaran. Para la suerte de ellos no había gente y el basurero aún seguía ahí. Así que arrastró a Sienna muy pegada a él y la empujó a lo más oscuro de esa esquina.
Permanecieron rezagados allí, conteniendo la respiración para evitar que los oídos finos de sus atacantes los oyeran. Escucharon unos pasos y unas voces rudas, todas masculinas, que se acercaban. Sienna se apretó más al cuerpo tenso de Ethan, tanto que las piernas largas de la muchacha se enredaron con las de él. A pesar de la excitación de la huída (así eran sus vidas desde hace dos años) no restaba que la proximidad de la muchacha no le era indiferente, todo lo contrario, aumentaba la presión de su sangre en las venas.
En cuanto se dejaron de escuchar las voces masculinas y sólo eran leves murmullos lejanos, Sienna relajó su cuerpo y recostó su espalda al pecho del muchacho, soltó una pequeña risita relajada y acomodó su cabeza hacia atrás sobre el cuello de Ethan, la inclinó unos grados a la izquierda y rozó con sus labios secos por la carrera sobre la piel lisa del chico. Ethan no pudo contener el temblor por el contacto tan cercano y placentero, su cuello era su debilidad y tanto él como ella lo sabían, sobre todo ella. Así que no pudo evitar rodear su cintura con ambos brazos en forma de tenazas y atraerla hacia sí con toda la fuerza que era capaz de llamar en ese momento. Ambos exploraron con las manos el cuerpo del otro sin reparar en nada de su alrededor, les daba igual el aroma a podrido que salía del basurero, ni a pis de gato del suelo, sólo abundaba el aroma a pintalabios de ella y a cuero de él. Tampoco dieron mucha importancia a las pisadas que se acercaban cada vez más hacia el basurero, unas pisadas profundas y pesadas de varios hombres, y que acabaron apareciendo justo en el momento en que Sienna se volteaba en redondo para quedar frente a Ethan, ambos con expresión de deseo pero… todo acabó ahí.
Una mano oscura agarró la tela de su camisa escotada y la echó hacia atrás. Ella soltó un grito de sorpresa apenas audible y Ethan se sorprendió tanto que no supo qué pasaba hasta que vio una sombra alta detrás de Sienna. Entornando los párpados dio un paso al frente, preparados para separar a Sienna de ese hombre sin sospechar del hombre escondido al otro lado del contenedor que salió disparado a darle un porrazo en la cabeza. Por el rabillo del ojo le dio tiempo a vislumbrarlo y apartarse a escasos milímetros de que le abrieran una brecha y yaciera en el suelo desangrándose. Sonrió, no sabía por qué, pero cada vez que estaba cerca una lucha esa sonrisa afilada salía a flote entre sus labios y lo hacía querer dar lo mejor de sí en una pelea. Y así fue, con un puñetazo hacia arriba le dio en plena mandíbula al tipo que había querido pegarle. Escuchó cómo sus dientes chocaban en un sonido desagradable que pitó en sus oídos. Enseguida la maldición de Sienna retumbó en el callejón oscuro sacándolo del trance de la victoria y se giró para tratar de soltarla de ese tipo que la sujetaba como si fuera su peluche favorito. Pero no hizo falta que hiciera mucho. Sienna siempre había sido más ágil y escurridiza que él en una pelea, así que deslizó los brazos dentro de los del hombre, hizo presión hasta que se puso roja y le sobresalían las venas en el cuello y consiguió soltarse. Levantó una pierna y con ella le clavó el tacón en plena frente, todo tan deprisa que al hombre no le dio tiempo a reaccionar, se estampó contra la pared a su espalda y con todo su peso cayó al suelo hasta acabar sentado con la cabeza gacha.
Con los ojos muy abiertos esperó a que la chica se diera la vuelta y le sonriera petulante.
Se escucharon más pasos corriendo hacia el bullicio de la pelea terminada y los chicos comprendieron enseguida lo que sucedía. Esos hombres no habían ido solos.
—¡Vamos! —murmuró él apresurado y le tendió una mano—. ¡Júntate a mí!
Ella se acercó tambaleante a él por culpa del tacón medio roto. Se mantuvieron la mirada unos segundos, cielo y tierra, esperando expectantes a que Ethan los llevara lejos de allí.
—¡Ahí, en el callejón! —gritó un hombre hacia el resto de sus compañeros—. ¡Esos bándalos están escondidos ahí!
Ethan trató de concentrarse en una calle lejana, en los árboles de Grosvenor Square para poder saltar de una vez. Sintió cómo una brisa corría en ese momento por su cuerpo, atravesándolo como cuchillas afiladas, disipándolo y convirtiéndolo en intangible. Pudo escuchar también la respiración agitada de Sienna sobre su cuello, la aferró más a él con todas sus fuerzas para no soltarla. Cerró los párpados con fuerza.
El chico poco a poco se iba convirtiendo en una estela alta de material cósmico que se difuminaba frente a ella. Sienna siempre se sentía extraña a la vez que excitada por contemplar algo tan fuera de lo común. Giró la cabeza a los lados para comprobar que los tipos seguían tirados en el suelo y que no había nadie a la entrada del callejón. Las pisadas se escuchaban cada vez más cercanas, todas ellas retumbaban en las paredes que los rodeaba. Si querían desaparecer sin dejar rastro debían hacerlo cuanto antes, pero Ethan estaba tardando demasiado. ¿Qué estaba haciendo?
—Ethan… —lo llamó Sienna impaciente entre dientes muy pendiente de las sombras que ya se asomaban por una esquina del callejón.
Él trató de agarrar la imagen en su mente lo más fuerte que pudo, no podía saltar sin estar seguro de a dónde lo hacía hasta que ¡ahí! ¡Justo ahí! Alargó una mano al frente, una mano invisible hacia la imagen que se proyectaba detrás de sus párpados cerrados. Sabía que estaba lejos, lo suficiente como para que esos tipos de negro no los alcanzaran.
Flexionó un poco las rodillas y sintió el último latido vivo de su pecho que pulsó con demasiada fuerza en su pecho… El aviso de que era el momento de saltar.
Pero antes de que todo su cuerpo se desvaneciera en el aire frente a la mirada incrédula de los hombres de negro que observaban la escena, uno de ellos desenfundó una pistola pequeña y la sujetó con fuerza en una mano, apuntó hacia la masa borrosa de dos cuerpos entrelazados y apretó el gatillo.
La bala bien podía atravesar la visión pero en su lugar, segundos antes de que desaparecieran en el aire putrefacto del callejón, acertó justo en el brazo izquierdo de Ethan obligándolo a soltar a Sienna antes de desparecer definitivamente.
El callejón quedó a oscuras, los hombres comprobaron para su asombro que no habían dejado ninguna huella a su paso a excepción de sus compañeros tirados en el suelo y una pequeña gota de sangre allí donde la bala había perforado al chico. Una mísera pero valiosa gota de sangre pensó uno de los hombres quien comprendió enseguida lo que supondría transmitir la noticia a su jefe.
Habían encontrado a otro sujeto.

6 comentarios:

crisis.91 dijo...

Me ha gustado el fragmento ^^ Me ha enganchado ^^

un besin

mientrasleo dijo...

La capacidad que tienes para captar la atención sobre tus letras me sigue pasmando.
Desarrollala. Con cada idea que se te ocurra, nunca se sabe donde te llevará.
Besos

Maggi MG ★ dijo...

Que cosa más bonita de parrafo *.*

Future Diva dijo...

Wao0o0o0o!!!! Me encantó :D Espero con ansias los siguientes capítulos, porque me ha enganchado. Ademas que Ethan me ha encantado.

Besos♥

Emperatriz dijo...

Me ha enganchado mucho, muy interesante ^^

Besos

Eve dijo...

Me alegra que os gustara pero esta no es una historia larga... ya dije que es lo que se me ocurrió por la imagen... a lo mejor me explaye pero eso lo dejaré para más adelante jaja
Dos besos :D