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8.27.2011

Fragmentos de: Divina Prohibición

Esta historia la dejé un tanto aparcada por... falta de inspiración, poco tiempo, pocas ganas, y mucho estrés... sí, una vida complicada pensaréis pero estaba de vacaciones y... la pereza a veces supera la resistencia de una servidora, y como me puse a escribir por insomnio pues aquí dejo este cachito:


—¡Basta ya! —ordenó Rafael realmente serio—. ¿Es que acaso no os dais cuenta de la situación? Cleira está ahí, tirada en el suelo en medio de un parque público después de un enfrentamiento con su resistencia, que por cierto —escuché cómo se giraba hacia un lado—, Gabriel, fue una muy mala idea. Y ahora tú, Shem, tienes que venirnos con tus lecciones de creencias siendo tú Don no creo en nadie que no sea el dueño de la revista Playboy —se volvió en mi dirección—. Lo que menos necesita Cleira en este momento es un ambiente cargado de energía negativa, cosa que, cómo no, vosotros os encargáis de crear espléndidamente.

Ya me diréis qué tal :D

6.05.2011

Divina Prohibición cap 3

3. Gabriel

Pasadas las dos y media de la madrugada, una pesadilla infernal me amordazó el cuerpo con sus tenazas oscuras y sangrientas.
Sentí cómo las garras de algo me desgarraban la espalda. El dolor fue martilleante, como si me graparan hojas a mis omóplatos; la sangre caía en pequeños riachuelos bajo mis pies, y mis manos se clavaban a la corteza del tronco en el que me apoyaba. No podía más, aquel sueño me estaba matando.
Una parte de mí me decía que no era real, que en aquel sueño tan solo era una niña indefensa e inconciente de lo que me sucedía, pero de repente, como si el que recreaba ese sueño me leyera mi monólogo mental, ahí estaba yo con veintidós años, sufriendo en carne propia lo que tanto temía: el dolor de las alas.
Mientras me aferraba lo más que podía a la vida, una voz, más bien dos, me llamaron de lejos. Unas voces muy familiares, tanto que me alivié de tenerlas al lado.
Shem salió de detrás de Rafael, reflejaba el horror absoluto mientras que Rafael gritaba un nombre que no supe comprender y de repente todo se había envuelto en sombras.
—¡Cleira! —gritó Rafael cada vez más alto entre las tinieblas, como si tratara de alcanzarme a donde ya no podía.
Las tenazas se aprensaron a la piel de todas mis extremidades, y la sangre cayó aun más, marcando la oscuridad con su rojo escarlata.
—¡Ángel! —gritó esta vez Shem, y las tenazas me soltaron, haciéndome caer al vacío absoluto del que la luz repentina de una lámpara puso fin.
Abrí los ojos y me encontré de frente con los grises ojos de Rafael, abiertos de par en par, contemplándome angustiado desde el extremo de mi cama.
Me sentí empapada en sudor, como si me hubiera sumergido en una piscina en plena noche, y un desgarrador dolor en plena espalda.
—Cleira, ¿estás bien? —dijo Rafael, sentándose a mi lado, pasando una mano por mi frente sudada —. Ha sido otra vez esa pesadilla, ¿verdad?
Su mirada llena de comprensión ante mi miedo me hizo querer abrazarlo con todas mis fuerzas. Rafael había sido quien me acunaba desde que era una niña y había sufrido el primer ataque de pánico reflejado en mis sueños en forma de pesadillas muy vívidas. A lo largo de los años conseguí neutralizarlas, incluso había llegado a omitirlas y dormir plácidamente, pero desde la muerte repentina de Charlotte las pesadillas volvieron, mortificándome nuevamente durante las noches, y Rafael, al igual que yo, estábamos viviéndolo todo con más intensidad.
—Lo siento mucho, Cleira, de veras que lo siento mucho —decía mientras me ahuecaba el pelo con sumo cuidado, inundándome el cuerpo con su aura tranquilizante, como su fuera un analgésico para mi dolor.
—No tienes por qué sentirlo, Rafael, soy yo la que te quita el sueño todas las noches sin ninguna tregua —tenía la boca pastosa con sabor a sangre… hum… Genial, me había mordido la lengua mientras dormía.
Traté de sentarme, me dolía la espalda un mundo y estar acostada no me ayudaba demasiado, ni por mucho que fuera una cómoda cama de agua. Rafael había decidido comprarla para hacerme más llevadero el dolor después de pesadillas así.
—¿Te duele la espalda? —preguntó serio él, apoyando su mano en mi hombro, y no pude evitar dar un respingo de aviso.
—No es para tanto —traté de darle poca importancia.
Pero él no me creyó y se levantó de la cama con gesto aun más serio, enfadado.
—Les dije que era peligroso —bramó para sí mismo, Rafael pocas veces se ponía así, y todas cada vez que el dolor que trataba de disimular me delataba —, les dije que aún no era el tiempo pero no me hicieron caso.
—¿De qué hablas?
La voz me falló y acabé tosiendo, manchándome las manos y las sábanas con salpicaduras de mi propia sangre. Rafael me vio horrorizado, frunciendo tanto el entrecejo que pensé que se le iban a meter las cejas en las cuencas de los ojos y vino enseguida a limpiarme las manos con su pañuelo.
—Esta es la primera vez que pasa —apuntó él.
—Lo sé —y me sorprendí a mí misma sintiendo las lágrimas del pánico recorrer mis mejillas.
Rafael volvió a ponerse en pie y se marchó al salón.
Traté de ponerme en pie y seguirlo. Nunca antes había sangrado de esa forma, sí por alguna herida que me hacía mientras dormía, pero esta vez, a parte de la mordedura en la lengua, la sangre había venido de dentro de mi organismo, y eso tanto él como yo nos dimos cuenta. A Rafael no había quién lo engañara en algo así, él simplemente lo sabía.
Trastabillando con mis propios pies llegué a duras penas al pasillo y vi a Rafael iluminado por la luz de la calle, contemplando con los ojos vidriosos la lluvia que caía fuera. Los ojos de un ángel siempre reflejaban los sentimientos humanos, y Rafael ahora estaba sufriendo por mí, y eso me mataba aun más que la pesadilla.
Caminé hacia él y lo abracé por la espalda, apoyé la cabeza a su espalda. Me llené de su fragancia exquisita, tan envolvente y apaciguadora…
—No hicieron bien en elegirme, Cleira. Puedo curarte las heridas pero no puedo curarte ese dolor interno… si estuviera aquí Gabriel… —murmuró con recelo.
—Y eso que más da, Rafael, para mí Gabriel es como un desconocido, pocas veces ha venido a visitarme, y sólo lo ha hecho para dejarme aun más trastornada… Los intentos de Gabriel son buenos pero… creo que me han empeorado.
Recordé las veces que Rafael me había dejado bajo el cuidado de Gabriel, las veces que había tratado de eliminar el dolor de mi alma y es que antes había necesitado ayuda psiquiátrica y estuve internada durante unos meses en el centro donde Rafael atiende indecisos. Gabriel me trató y consiguió devolverme a la realidad, y yo se lo agradecí, pero después de ello él se fue y no regresó, y el dolor fue en aumento a excepción de la resistencia. Me hice más fuerte y mi aguante mental no me permitió caer nuevamente en el abismo del terror.
—Pero a pesar de todo él consiguió más que yo… Si no hubiera sido por su intervención aún seguirías en esa cama de hospital atada y sedada —se apartó de mí como si me repudiara, como si no soportara mi proximidad, pero sabía que trataba de castigarse a sí mismo por no haber conseguido ayudarme.
—Lo sé, pero Rafael…
El timbre sonó interrumpiendo mi discurso.
Ambos nos giramos hacia la puerta y Rafael se acercó para abrirla y Shem apareció al otro lado, calado hasta los huesos, con el pelo pegado a su cara y sus botas chirriando por el parqué del suelo, y entró sin reparar en Rafael que aún sujetaba la puerta y se acercó donde estaba yo.
—¡Ángel! —dijo apresurado y me agarró por los hombros con ambas manos y me giró, dejándome de espaldas a él.
—¡¿Qué haces?!
Estuvimos así un buen rato hasta que él disminuyó la presión de sus manos que me sujetaban muy cerca del foco de mi dolor.
—Pero si no tiene… —me soltó—. ¿Qué pasa Rafael? ¿A qué vino esa llamada de antes? —le preguntó él, molesto a la vez que impaciente.
Tanto Rafael como Shem se sostuvieron la mirada hasta que la bajaron a la vez.
—¿Tú lo llamaste? —pregunté a Rafael sorprendida por tal acción. Rafael, el que siempre le tenía una sorna precavida a Shem… me dejó sin palabras.
Ambos, tanto ángel como caído me observaron inmutables y se sentaron rendidos en el sofá.
—Hasta que por fin lo comprendes —dijo Shem con una media sonrisa pintada en los labios, pero su seriedad hizo que a penas fuera una mueca.
Seguí de pie al lado de la ventana, sintiendo cómo las gotas de lluvia se estrellaban contra el cristal, como si trataran de atravesarlo y darme de lleno. Estaba tan sensible a lo que me rodeaba que a duras penas conseguí llegar a la silla al lado del sofá.
—¿Qué haremos ahora? Los ataques cada vez son peores y Cleira… ella puede que… —se frenó a media frase, apretando sus manos hasta dejar sus nudillos blancos como la nieve.
—¿Has llamado a Gabriel? —dijo Shem con la mirada perdida y desenfocada, sumergido en sus maquinaciones.
Shem siempre supo lo de Gabriel, una vez tuvo que verse obligado a llamarlo cuando, en medio de una discusión sobre si Emma debía o no seguir el consejo de su amiga la creyente de vampiros, me dio un ataque, el primero estando despierta y consciente de mis actos. Shem se espantó tanto que se quedó pálido como el papel y me llevó en volandas al centro donde Rafael consiguió sedarme y dejarme grogui.
Rafael asintió seguro hacia Shem.
—Mis sueños… —interrumpí el silencio principal habido entre esos dos—. ¿Qué me pasó? No recuerdo nada y lo que veo en los sueños, más bien pesadillas, es cómo me salen las alas y supuestamente no puedo tenerlas hasta cuando consiga el título de ángel.
Rafael levantó la cabeza y me miró fijamente.
—Así es.
—Entonces eso quiere decir que a lo mejor… yo… voy a recibir mis alas pronto, ¿verdad?
Esta vez fue Shem el que me miró con tanta fijeza que pensé que me atravesaría con rayos x la cabeza.
—No sé yo si eso sea así… —empezó no muy seguro.
—Puede que sea eso, pero Cleira, es mejor que no te hagas ilusiones con la proximidad de esa entrega.
De repente, en medio de nuestra conversación, un torbellino se formó en medio del salón y una luz cegadora iluminó la habitación, más bien todo el piso, y de ella unas alas blancas inmaculadas salieron hasta chocar contra las paredes y el techo: las alas del arcángel Gabriel.

5.01.2011

Divina Prohición cap 2

2. Indeciso

Lo encontramos recostado en su cama individual mirando fijamente a las musarañas. El hombre parecía más perdido de lo habitual, algo a lo que estaba acostumbrada a ver, y en parte no me decepcionó. Parecía un chico de lo más normal, con una experiencia cercana a la muerte de lo más típica en alguien de su edad: coma etílico por una noche de fiesta desenfrenada.
—Tú debes de ser Nathaniel —empecé en cuanto vi que dirigía a nosotros su atención —. Encantada, yo soy Cleira y él —señalando a Shem —es mi compañero, Shem…
—Llámame Shem y no te meterás en problemas, ¿de acuerdo? —le amenazó amablemente.
El chico se quedó consternado sobre su cama. Normal, no todos los días te amenazaban mientras estás postrado en una cama de hospital después de regresar de una muerte indecisa por coma etílico, y sobre todo tu amenazante no solía ser un ángel caído sádico como Shem.
—Por favor, Shem, sé un poco más delicado, ¿no ves que acaba de despertar de la muerte?
—Y me vas a hablar a mí de delicadezas… Le acabas de soltar que acaba de regresar de la muerte —me advirtió señalando al chico con cara de espanto.
Estaba pálido como el papel mirando a cada uno de hito en hito.
—Oh, vaya. Lo siento mucho, no quería darte la noticia así de sopetón, pero mi compañero me pone de muy mala uva. De veras que lo siento —me disculpé.
Nathaniel consiguió recuperar la compostura y trató de erguirse para acabar sentado en su cama.
—Sé quiénes sois, Rafael me ha advertido de vuestra visita —dijo al fin el chico.
—En ese caso me alegro, no tenía la menor gana de repetir nuevamente el discurso de iniciación a un indeciso —dijo Shem caminando en dirección a la ventana abierta de la habitación. Un viento agradable entraba por ella con olor a primavera.
—Pero no me explicó qué sois exactamente, sólo por qué me encontraba en esta planta y qué me había pasado… —su rostro volvió a tomar un matiz pálido. El chico había pasado por mucho, su vida había sido un desastre pero a pesar de todo había conseguido hacerse con el dominio de una pequeña empresa de artículos deportivos, no fumaba aunque sí bebía, motivo por el cual se encontraba en ese lugar postrado a una cama —. No recuerdo mi muerte, no recuerdo lo que vi cuando estuve a punto de atravesar el umbral del limbo… ¿A caso esta es una segunda oportunidad que me ha dado Dios? —dijo el chico sorprendido de lo que significaba su pregunta.
Shem saltó en risas de lo más crueles.
—Colega, en parte esto es una segunda oportunidad, sí, pero no pidas que Dios te ayude nuevamente porque no lo hará. Si no es capaz de ayudar a sus propios ayudantes, es imposible que ayude a gente como tú —remarcó Shem con desprecio agrio en la voz —. Simplemente tuviste suerte al no tener un camino decidido en cuanto moriste, eso sí te salvó.
El chico se quedó mirando muy fijamente a Shem, quien le retaba a que dijera algo con la mirada, pero el chico al ver que perdería ante él la apartó para concentrarse en mí.
—Entonces tú eres mi ángel guardián, ¿no? —preguntó en mi dirección, y me sorprendió mucho el tono en el que lo dijo, como si me adorara, como si fuera algo divino.
Asentí cruzándome de brazos.
—Eso es… —titubeó buscando la palabra correcta. En un principio parecía que le estaba dando un ataque de ansiedad, pero en cuanto se le dibujó una sonrisa de lo más demostrativa pude relajarme — ¡genial!
Trató de ponerse en pie, pero su aún débil cuerpo se lo impidió cayendo sobre la cama.
Me acerqué corriendo a su lado para ayudarlo.
—Trata de no levantarte aún, ¿quieres? —sentí la presión de sus manos cuando lo ayudé a acomodarse nuevamente sobre su camastro.
—Pero puedo tocarte —dijo el chico todo sorprendido por su hallazgo.
Esta vez Shem cogió a Nathaniel del otro brazo y le ayudó a conectarse a los aparatos.
—Vaya, no pensaba que eras un genio —dijo en guasa —. Ambos tenemos cuerpos, somos tangibles, si quieres puedes tocarme todo lo que quieras para que te quedes más tranquilo —le advirtió clavando la mirada fija en los ojos color caramelo de Nathaniel.
El chico me soltó el brazo y se soltó del de Shem violentamente.
—¿Y para qué habéis venido exactamente? No creo que esto sea una visita de cortesía.
Nathaniel nos miró a cada uno pero a la que más trataba de mirar era a mí ya que Shem lo único que estaba consiguiendo era incomodar al indeciso.
—Queríamos conocerte en persona —expliqué.
—Para conocerte mejor, dijo el lobo feroz —citó Shem en voz alta, adoptando una voz más grave. Al ver que ninguno de nosotros reíamos, decidió dejar los ojos en blanco y reírse él solo de sus maquinaciones.
—Eres nuestro nuevo protegido, y para que lo sepas te llamamos indeciso, no en plan malo ni nada parecido, sino sólo por lo que fuiste en el momento en que moriste.
—¿Y qué me pasó entonces?
—No supiste escoger el camino correcto. A una persona cuando muere se le presentan dos caminos, la luz y las tinieblas. La mayoría de las personas saben qué camino escoger, no conscientemente porque sino eso desvelaría la gracia de vivir, pero ya desde un principio se sabe qué camino quieren tomar para sus propósitos. Hay quienes tienen un camino muy claro pero al final acaban tomando otro, pero eso se da en casos especiales y a esos los llamamos cambiantes. Pero en tu caso, y en el caso de otros como tú, no sabéis qué camino escoger, bien sea por una mala experiencia durante la gestación del feto, un trauma demasiado fuerte durante la infancia o una vida demasiado inestable hasta el momento de su muerte… Son muchos los factores que influyen en este tema. Lo único que sabemos de ti es que te encontraste con esos dos caminos y no supiste cuál escoger, y por eso estamos aquí, para enseñarte las dos caras del más allá —terminé con mi discurso aprendido de memoria.
Tanto Nathaniel como Shem me contemplaban expectantes, y supe que Shem lo hacía para imitar burdamente la sorpresa del pobre indeciso.
—Y bien, indeciso, ¿quieres que intervengamos en tu destino o ya tienes decidido qué camino escoger? —le apresuró Shem.
El chico parpadeó recuperando el hilo de la conversación y la insinuación de Shem.
—Acepto el trato, quiero que me enseñéis —dijo todo ilusionado por una experiencia nueva en su vida —. Pero ¿seré solo yo quien os vea? Si os hablo por la calle ¿parecerá que esté hablando solo o algo así? Porque no sé si me comprendáis pero no me gusta darme aires de loco.
—Tranquilo —dije—, no tienes de qué preocuparte, como viste antes puedes tocarnos, por lo que seremos tangibles y totalmente visibles al resto del mundo, sólo que ellos no deben saber lo que somos, ¿de acuerdo? —le advertí seria.
Nathaniel asintió obediente desde su sitio.
—Por mi parte no tendréis ningún problema —y me dedicó una sonrisa de lo más risueña.
Allí, quizá, el chico mostraba al fin su verdadera personalidad, en esa sonrisa de lo más radiante a pesar de su aún débil estado de salud.
En cuanto la enfermera vino a atenderlo nosotros nos escabullimos y los dejamos con una sesión de pinchazos con agujas que más parecían palillos chinos.
—Parece un crío —comentó Shem en cuanto salimos del centro al parquecillo de fuera. —¿Cuántos años le hechas? ¿Unos quince? Es demasiado joven.
—En realidad tiene veintitrés, y está bastante bien formado —aclaré recordando lo que me dio tiempo a ver de las fichas que Rafael me dio.
Shem caminó a mi lado en silencio y supe lo que estaba pensando.
—No pienses —dije con veneno en la voz, y Shem se echó a reír por lo bajo.
—Venga, ángel, sabes que no puedes desear —me previno bonachón —. Además, pude ver lo suficiente desde atrás como para darme cuenta de que el chaval no esta muy en forma que digamos.
—No estoy deseando nada —lo miré muy mal —. Y perdona si no me fijé en algo tan personal, pervertido.
—No soy un pervertido, al menos no con hombres tan poco deseables como ese esperpento.
—Aggg.
Adelanté el paso hasta acabar medio metro por delante suyo.
—¡Ángel! —me llamó —. Sé un poco más comprensiva y admite que este indeciso es un poco tirillas —me paró tirando de mí hacia atrás.
—Oh, venga Shem, ¿no estarás pensando en tirarte a este indeciso también? Porque si seguimos así acabaremos siendo sancionados —le reñí.
Llevábamos un historial de indecisos muy pobre, entre Emma y Charlotte, este era el primer chico con el que debíamos tratar, y temía que también acabara mal influenciado como las dos anteriores.
—No es mi tipo, y llevo haciendo esto desde mucho antes de que fueras un proyecto en la mente de tus atolondrados padres —me apuñaló con su juicioso dedo índice.
Ya estábamos de nuevo sacando trapos sucios del pasado, de un pasado que apenas conocía y del cual poca información había llegado a mis manos. Los caídos y sus frases insensibles.
Lo dejé estar porque sabía que Shem ya era insensible de por sí, pero a pesar de todo la huella estaba ahí.
Mi camino a casa se basaba en un sinfín de estrechos callejones rodeados de sombras por el atardecer que se cernía sobre nuestras cabezas. A pesar de que Brooklyn me traía de cabeza, me encantaba perderme entre sus callejones y sentir que de vez en cuando podía aparecer algún agujero negro y tragarme sin dar vuelta atrás.
Rafael y yo vivíamos en uno de los lofts con vistas a Mount Prospect Park. Ese detalle era genial porque si me apetecía hacer deporte, no tenía por qué atravesar todo el condado para ir a Central Park, donde era el lugar preferido de cualquier deportista. No es que me considerara una deportista nata, pero me veía en la necesidad de descargar mi frustración con cualquier método de relajación, y en eso me ayudaba recorrer unas cuantas veces el sendero verde.
Abrí la puerta de un empujón -debíamos mencionar al portero la avería de nuestra cerradura algún día- y me lancé sobre el sofá que casi dio un vuelco hacia atrás. Me quedé echada boca arriba un buen rato, contemplando el gotéele del techo, y fui a darme una ducha rápida. Para cuando salí Rafael ya había vuelto con la compra que descansaba sobre el mármol de la mesa que separaba el salón de la cocina. Lo encontré muy concentrado viendo los noticiarios que transmitían por la CNN.
—No te oí llegar —dije nada más salir de la habitación.
Se giró para verme aparecer por su derecha y me sonrió ampliando sus labios hacia arriba. Rafael no era el típico médico de un hospital urbano, sino que era el mejor en todo el universo, y para ser quien era me resultaba aun más increíble saber que lo habían dejado a mi cuidado en este lugar.
—¿Has disfrutado del baño? Hoy por la mañana me pasé por la oficina de Martin y le mostré mis quejas por el agua caliente. No es normal que en este país, que se enorgullece por dar comodidades a tutiplén, no sea capaz de tener una ducha con agua caliente como Dios manda —se puso en pie y se acercó a revolverme el pelo con la toalla.
El pobre de Martin Roberts, el conserje jefe, ya había tenido más que suficiente en sus largos años en este edificio de más de veinte plantas, con apartamentos amplios pero en un estado deplorable. Es lo que tiene que el edificio tuviera más de un siglo.
—Deja a Martin tranquilo, es mi querido abuelito —me quejé sintiendo la tela de la toalla rascarme el cuero cabelludo con cuidado, el pelo me caía revuelto y enredado a los alrededores de mi cabeza, negro y húmedo.
—Y un gran amigo que te tiene más que vigilada de que puedas cometer cualquier locura de una recién adulta —dio unos últimos refriegues y me dejó con la toalla colgando de mi cabeza.
Pasé la tela áspera por el cuello y me ahuequé el pelo seco por las raíces hacia atrás.
—Tengo veintidós años, la etapa de una recién adulta la tengo más que superada.
Claro que había tenido una etapa rebelde en mis dieciocho, pero eso había quedado en el pasado. Desde entonces tanto Rafael como Martin me vigilaban las entradas y salidas del edificio, y si Shem me acompañaba. Si así era, Martin llamaban a Rafael, y aunque tuviera a un indeciso al borde de la muerte, lo dejaba todo y se interponía en las malas influencias que Shem trataba de hacer sobre mí.
—A veces creo que no tanto como me gustaría —cogió el mando de la mesita central y silenció al presentador en mitad de una explicación del último atentado en oriente medio —. ¿Shem se acercó hasta aquí hoy?
Traté de sacar toda la compra de las bolsas sin que cayera ninguna, pero fallé, la mayonesa rodó por la mesa hasta el borde donde Rafael, con un ágil movimiento de manos, la detuvo.
—No, me separé de él nada más salir del centro. Me pone de los nervios, Rafael, me pone de los nervios —repetí para que pillara mi mal humor.
Se puso a mi lado para coger lo que yo dejaba sobre la mesa y guardarla en los armarios.
—Lo sé Cleira, ¿a quién no pone de los nervios un caído? —cogió la bolsa de pasta y la metió a presión al lado de las otras diez bolsas. Debíamos dejar de comprar tanta pasta que a penas comíamos.
—¿Y tú cómo lo sabes? Hace mucho que no tienes un némesis, y no sabes cuánto te envidio.
Rafael dejó la organización a medias y se quedó parado, cruzándose de brazos frente a mí.
—Tener o no tener némesis no depende de nosotros, Cleira. Si tú tienes que tener uno es porque así debe ser. El que yo no esté acompañado por mi némesis en este preciso momento no quiere decir que no tenga que volver a soportarlo porque… —se giró y siguió con la labor.
—¿Y quién es? Si se puede saber, claro.
—No —me cortó serio —, no puedes saberlo.
Cerró la puerta del armario y fue a encender la cocina vitrocerámica pulsando ágil con un dedo todos los hornillos necesarios. Hoy le tocaba preparar la cena.
—¿Quieres espaguetis a la carbonara? —preguntó aún dándome la espalda.
Me senté en el taburete que tenía cerca y apoyé los codos sobre la mesa.
—Sabes que me encantan tus espaguetis a la carbonara —dije sonriente.
Descansé la cabeza sobre mis manos y observé a Rafael hacer la cena de espaldas hacia mí. con sus alas iridiscentes brillar transparentes en la tela de su chaqueta.

4.15.2011

Divina Prohibición cap1


1. Encomendación


El ardor del recuerdo me hizo una maraña asfixiante en la garganta. Todavía lo recordaba como si fuera ayer. A pesar de la advertencia de no traerlo a la memoria, me era imposible no tenerlo tan presente, sobre todo porque aquello me había pasado hace tan poco tiempo… Bueno, años, pero para el caso seguía produciéndome unas pesadillas espantosas y muy vívidas de mi temprana tortura, y quería acallar esas voces infernales, literalmente hablando, que me quitaban el sueño. Las imágenes del primer ataque cuando tan solo tenía ocho años me martirizaban noches tras noche en mitad de mis más profundos sueños.


Al desperar me encontré de frente con la luz del día y el cielo azul casi blanco. Había sido una noche agitada y oscura, tan solo iluminada por las pequeñas constelaciones a penas visibles por culpa de la repentina capa de nubes que había decidido fastidiar mi excursión con fines astronómicos.
Y entonces la sombra del demonio se hizo presente  ante mí.
-Joder, Shem –solté sobresaltada por su inesperada aparición en medio de lo que yo creía, sería mi noche alejada de los ajetreos de la ciudad, de Rafael y del mismo Shem.
Éste rió entre dientes, con esa expresión de complacencia y satisfacción por estar a punto o haber cometido un delito de los gordos, a esos que no era capaz de encontrar justificación posible.
-No, no, no… -negó éste con la cabeza, con fingida decepción -, los ángeles no debéis soltar tales blasfemias ante los ojos del Todo Poderoso “soy tan guay que lo veo todo” –añadió con guasa.
A pesar de su aspecto de renegado, Shem era Shem, el típico chulo al que debía aguantar pegado a mi culo día y noche a pesar de las innumerables quejas que había hecho a los altos mandos que, al parecer, no me hacían ni puñetero caso.
-¿A qué demonios, metafóricamente hablando –aclaré al ver su intención de añadir un comentario inapropiado al juego rebuscado de palabras -, has venido?
Shem se irguió en lo alto de la rama del árbol, y cruzando alrededor de su torso realmente fibroso, adoptó una expresión seria para hablar, claro está, de un tema oficial.
-Rafael te está buscando –advirtió fijando sus ojos en lo más profundo de los de míos, enviándome el mensaje claro y conciso de las palabras de Rafael –. Ángel, deberías, y lo digo por tu propio bien, presentarte a esa maldita reunión del maldito comité ese al que tanta ilusión le hace que asistas al maldito de Rafael, y así de una maldita vez deja de darme la maldita charla sobre mis malditos objetivos y deberes y bla bla bla…. ¿Quieres, ángel? –dijo éste encolerizado a la vez que absorbido por el cansancio.
Simplemente asentí con un leve encogimiento de hombros y le di la espalda para recoger mis cosas del suelo en el que había pasado toda la noche. Una pequeña siesta al aire libre nocturno tampoco había cambiado ni aliviado mis ataques de tortuosas y grotescas imágenes, dañinas para la cordura de cualquier persona humana, daba igual si fuera normal o no, de todos modos no eran aptas para ningún público y listo.
-¿Vas a ir a esa maldita reunión, ángel? –inquirió él esperanzado, dando un leve salto hasta acabar a mi lado sin siquiera dar un traspié.
-Sólo si dejas de repetir la palabra maldito en cada una de tus futuras frases –le sugerí con irritación, realmente quería que dejara de decirlo.
Shem rompió en risas pero dejó al menos de usarla, por ahora.
Fuimos juntos hacia las oficinas centrales de… ahora mismo no recordaba el nombre de lo que se suponía que hacía Rafael, pero al menos sabía que estaba en la tercera planta del centro de salud de la zona.
Al entrar nos encontramos con una señora mayor, la señora Anahí, enfermera jefe y de vez en cuando recepcionista sustituta. Ahora comprendía por qué tantas veces la veía ir y venir por los pasillos del centro, a pesar de su alto cargo, la mujer era tan inestable que debían ponerla a hacer algo en su tiempo libre para que no distrajera al resto del personal.
Entramos en el ascensor, y mientras Shem se hacía un hueco entre el hombre en silla de ruedas y el enfermero con un traje azul marino que le quedaba como un guante, pulsé el botón de la tercera planta que conducía directamente al despacho de Rafael. Mientras la musiquita típica de relajación, pero que en realidad lo único que hacía era poner de los nervios a cualquiera con su astuta melodía infernal y que además de eso ocasionaba una situación de incómodo silencio entre los que se encontraban encerrados en ese ortoedro teletransportador, sonaba para el deleite de todos.
Al final, a pesar de las innumerables quejas del hombre en silla de ruedas por las caras extrañas que le dedicaba Shem a espaldas del enfermero guapo, conseguimos salir sin ninguna anomalía mental, algo que al parecer a Shem se le daba de maravilla, sobre todo con personas de la edad de aquel hombre.
-No deberías hacer eso –le reñí en cuanto salimos y recorrimos medio tramo a pasos largos.
-Ya, por eso mismo lo hago –y siguió caminando tan grácil como una pluma en una brisa marina.
En cuanto vimos una habitación de lo más…
-¿Oscura con un letrero de: “Aquí yace el cuerpo sin vida de una víctima del aburrimiento”? Sí, ángel, sí. Esa es la cruda realidad de Rafael –citó todo lo contrario al recorrido que habían hecho mis pensamientos.
-Deja de invadir mi privacidad, estúpido fisgón.
-No, te equivocas, soy un interesado por la capacidad de reacción que cada persona tiene que demostrar ante las acciones que se dan a su alrededor.
Me lo quedé mirando con la expresión totalmente fría hasta que con un empujoncito lo estampé contra la ventana del final del pasillo sin siquiera romperla.
En cuanto me deshice de Shem abrí la puerta del despacho de Rafael para encontrarme con la misma estancia de siempre. La típica habitación rectangular de médico con unos cuantos diplomas que remarcaban sus estudios universitarios, sus materiales elementales para atender a una persona enferma, su escritorio y sobre todo, a Rafael, un hombre alto y fornido pero tampoco en exceso, con un hermoso pelo castaño y unos hermosos ojos grises y una hermosa sonrisa de bienvenida y una hermosa… Bueno, en él cualquier cosa era hermosa; quien miraba de pie atentamente distraído por la ventana cercana a su silla de ruedecillas.
-Hasta que por fin te dignas en aparecer Cleira –dijo Rafael en el momento en que crucé el umbral de su puerta.
Traté de hacer el menor de los comentarios inapropiados que me pasaran por la mente, porque a pesar de todo Rafael se merecía mi más sincero respeto como el padre adoptivo que era para mí.
-Shem me dijo que me estabas buscando y también me mostró para qué –comencé al ver que no iba a proseguir hasta que yo dijera la primera palabra -. No era necesario eso y tú lo sabes, para algo está Shem también. Con que él lo sepa yo me doy por enterada.
Se apartó de la luz, adoptando un aspecto más apagado y más serio, y se sentó frente a mí en su silla.
Dio un suspiro agrio manteniéndome la mirada en lo alto.
-Te ha sido encomendado otro indeciso –se explicó mientras hacía resbalar una carpeta fina frente a mí en la mesa, a la que seguí fijamente con la mirada.
-¿No crees que habría sido mejor, yo que sé, dársela a Shem antes cuando lo viste para que no tuviéramos la necesidad de hacer un viaje innecesario hasta aquí de nuevo? No lo sé, es sólo una idea absurda de esas que sueles descartar muy a menudo, ¿sabes?
Rafael tiró la carpeta sobre mi regazo y se reacomodó en su silla.
-Ambos conocemos a Shem lo suficiente como para saber que no es de total confianza en la custodia de papeles importantes, sobre todo si tiene información demasiado personal de un indeciso –dijo apoyando su barbilla entre el hueco que formaban sus manos sobre la mesa.
-Pero al menos la dirección, que yo sepa eso no está prohibido por ninguna ley divina.
Ambos se mantuvieron la mirada hasta que él entrecerró la suya perdiendo todo el hilo de maquinación de mi pensamiento en blanco.
-Te dije que no le tomaras cariño a tu última indecisa, ¿y qué hiciste? -inquirió obvio poniendo el dedo en la llaga -: no hacerme caso, y Cleira, eso, cualquiera con un poco de experiencia, sabe hacer, sobre todo estando al corriente de la situación en la que se encuentra un indeciso.
Ya estábamos de nuevo con la charla paternal que siempre echaba a cualquiera que tuviera cerca en el momento en el que se le daba por ser paternalmente pesado. Ya había recibido esa charla sobre no encadenarse demasiado a un indeciso, porque lo que debíamos hacer era mostrarle las dos alternativas del más allá que no supo escoger en su primera experiencia con la muerte antes de volver a regresar totalmente catatónico.
-Lo sé, Rafael, lo sé. Pero tanto tú como yo sabemos que a Charlotte no le había llegado su hora de decidir, que su muerte fue… -se me acumularon las palabras por la repentina sensación de tirantez que sentí en la garganta.
Rafael asintió tomando una pequeña bocana de aire hasta volver a dirigirme nuevamente su gris mirada de experiencia en casos como el mío.
-Inoportuna –terminó por mí –, pero nadie se iba a imaginar que un demonio consiguiera traspasar los contrafuertes en los que fue encerrado, y sobre todo que tú y ella estaríais rondando por ahí vete tú a saber por qué.
Charlotte Callahan, universitaria de primer año y una chica de lo más normal a excepción de su repentino viaje a urgencias por haber sido atravesada accidentalmente por un tubo en pleno abdomen. Todos nos sorprendimos de su caso, una chica tan joven y tan estúpida por haber permitido tal desliz mortal. Con ello empezaron las especulaciones. Algunos decían que era una animadora que había dado un mal salto, otros que trabajaba en la construcción para pagarse los estudios, la gran mayoría pensaba que era una gogo con mala suerte y que el antro donde trabajaba no cumplía los requisitos indispensables de mantenimiento. Pero nadie se imaginó que lo que en realidad había tratado de hacer la muchacha, y es que heroínas a penas existían en la vida real, y ella lo había tratado de ser al rescatar a una niña en un parque de atracciones con un mantenimiento pésimo, al menos en eso uno de los nuestros había acertado.
-¿Estás insinuando que yo la maté?
-Rotundamente no –dijo Rafael sobresaltado por mi acusación -. Sólo digo que no debiste permitir que la chica tomara ese camino. Eras su ángel guardián, y en parte los ángeles saben qué aconsejar.
Vamos si lo sabía, después de lo sucedido tuve que asistir a unas clases especiales, aun no se me consideraba como un ángel completo a pesar de mi doble parentesco angelical. Mis dos padres eran ángeles del cielo, y eso me hacía la existencia un tanto difícil. Según Rafael, mi tutor terrenal, no me estaba permitido verlos ni hablar con ellos, sólo saber que eran mis padres y como tal habían sido castigados por permitirse darme una existencia fuera de las órdenes divinas del cielo. Los condenaron a existir sin mi presencia, a no saber nada de mí hasta que me graduara y tuviera mi título, pero entonces tampoco me conocerían en persona ni yo a ellos porque estaban en lo más alto del cielo, en el último nivel junto con los tronos, querubines y serafines, contemplando la divinidad a sabiendas de que eso no les estaba permitido, y que sin un rango apropiado, les haría daño. Yo en cambio estaría en el nivel más cercano a la tierra, en el primer nivel junto con el resto de ángeles.
-Todavía no me consideran como una de ellos, Rafael, sigo siendo la hija prohibida ante los ojos de todos, incluso para los caídos, y eso es deprimente –refunfuñé recordando los pleitos en los que me había visto metida ante esas insinuaciones lastimosas, pero esa era mi identidad: ser la hija prohibida.
-Pronto tu destino se definirá, Cleira, ya lo verás –vi cómo su mano se deslizaba hacia delante en la mesa pero frenó a mitad de camino -, sólo tienes que tener un poco de fe y cumplir con tu nuevo trabajo.
Se puso en pie impulsando su silla a chocar contra la pared de su espalda, rodeó la  mesa y se quedó a mi lado hasta cuando también me levanté.
-Infórmale del caso también a Shem en cuanto hayas leído el informe completo, ¿de acuerdo? –me condujo hacia la salida con su mano en mi espalda -, no quiero tener inconvenientes por su culpa.
Me paré antes de que abriera la puerta.
-¿No habría alguna forma de intercambio? Quiero decir, Shem me cae bien, pero no genial. He visto a ángeles que se llevan genial con sus némesis pero en cambio yo… nanai. Enserio Rafael, Shem me pone de los nervios, y que sepas que es demasiado grotesco para ser un caído, a veces me pregunto qué hace aquí y no en el…
Antes de que pronunciara la palabra Rafael me tapó la boca con un pañuelo.
-Nunca desees ese futuro a nadie, Cleira, y sé que el comportamiento de tu némesis a veces es irracional pero comprende cuál es su naturaleza, es un ángel caído y tú una en proceso de formación. En parte te vendrá bien lidiar con alguien como él para cuando te asignen casos más especializados.
-Pero vamos, que no tengo por qué aguantarlo, ¿verdad? –pregunté crispada.
Rafael negó con la cabeza.
-Pero es una buena experiencia así que, por favor, no te niegues a su compañía, ¿quieres? –medio me suplicó dirigiéndome una mirada aprensiva.
Alargó su mano y abrió la puerta evitando pegarme con ella.
-Ahora tengo que atender la llegada de otro indeciso –me informó-. En cuanto encuentres a Shem, que por cierto, viene por allí –señaló el final del pasillo –notifícale todo lo que leas en ese informe.
-Gracias Rafael, eres un gran ángel –le agradecí sinceramente, dándole un fuerte abrazo, de esos que tan solo Rafael era capaz de dar, como si abrazara a una gran nube esponjosa y suave a pesar de su musculatura.
Sentí los brazos de Rafael estrecharme la espalda como cuando era una niña, levantándome del suelo.
-Bueno, bueno, bueno… -interrumpió Shem carraspeando –. Rafael y Cleira, siento cortar un momento tan asquerosamente emotivo, pero me temo que te necesitan en la sala 3 –indicó éste señalando al fondo del todo con su dedo índice extensamente juicioso.
Rafael me soltó, y con leve apretón en los hombros se despidió.
-Allí va el mejor ángel que he conocido –dijo Shem en cuanto Rafael nos dejó delante de la puerta de su despacho.
-¿Qué has conocido?
Él dedicó una sonrisa al aire y mirándome por el rabillo del ojo, de un color ámbar llameante, como si dentro de ellos tuviera un líquido que no hacía más que revolverse en sus globos oculares, dijo:
-Porque tal y como está esa situación, ese demonio hizo lo suyo con aquella alma pura.
Se apartó de mi lado y siguió caminando rumbo al ascensor. Rápidamente lo alcancé.
-¿Crees que Rafael estará bien?
Titubeó mientras buscaba el número apropiado de piso para acabar pulsando el de la planta cero.
-Es Rafael, el mismísimo Rafael don “soy todo un machote” –adoptó una voz grave –. Que sepas que Rafa fue uno de los encargados de echarnos a mí y a los vigilantes del cielo en la segunda caída, al igual que a los primeros…
-Si, si, sí, conozco toda esa historia –frené su intención de impartirme una clase magistral de historia religiosa.
En cuanto llegamos a la recepción, Shem pidió a Anahí el historial médico de nuestro indeciso, algo que para el resto de la gente estaba prohibido pero para nosotros era una obligación recibir. La mujer se lo entregó con una sonrisa de lo más coqueta. Había que reconocer que Shem era capaz de arrancar la pasión incluso de un muerto y daba las gracias al cielo de ser un ángel para no verme influenciada por alguien como él.
-Bien, nuestro indeciso está en la tercera planta y su nombre es… -rebusqué en los papeles que Rafael me había dado.
-Nate –completó Shem mostrándome la hoja con su nombre en alto.
Se la arranqué de las manos, ese material era confidencial, incluso para él.
-Nathaniel, un nombre un tanto sospechoso.
-¿Ah, sí? –dijo Shem mientras abría la carpeta que le había pedido a la recepcionista.
-Acaba en -el, y muy bien sabes lo que suele significar eso –indiqué yendo nuevamente al ascensor, un trayecto que me lo conocía al dedillo.
-Bueno, si tú lo dices… -pasó otra hoja de su informe, concentrado en la lectura -. Pero dudo que se trate de un ángel. Nuestro deber es indicar el camino a los humanos, no a ángeles.
-Ya, pero puede que se trate de un descendiente, un néfilim o algo así.
Entramos dentro en cuanto el ascensor abrió sus puertas. La musiquita de antes volvía a sonar de fondo pero esta vez estaba totalmente vacío.
-También lo dudo mucho –cerró de un carpetazo lo que estaba mirando, provocando un leve viento delante de su cara, revolviendo su pelo negro hacia atrás -. Ángel, no todos los que lleven el sufijo -el en sus nombres son ángeles o descendientes de ángeles. Ahora incluso se pueden llamar capullo y no pasaría nada. Las normas para ellos han cambiado, siguen las suyas propias.
-Por eso tu nombre no acaba en –el, ¿no es así? –pregunté al fin encontrando la oportunidad idónea de sonsacarle información.
Llevaba ya unos cuantos años siendo su compañera ángel y hasta la fecha no me había enterado de su procedencia ni de por qué había caído ni de su nombre completo, sólo que al parecer era un caído con mala uva en situaciones que para él significaban peligrosas, aunque la mayoría de sus situaciones lo eran, y que se la pasaba bromeando a cada oportunidad que se le presentara. ¡Ah! Y también que se ligaba a cualquier demonio, ángel caído, néfilim y humano que encontrara en su campo visual. La norma para los caídos estaba regida por una sola regla: no podían enamorarse, y si lo hacían, su destino sería aún más terrible del que ya les había sido asignado. Pero al parecer para ellos no suponía ninguna alteración a sus vidas depravadas, el amor tampoco entraba en sus planes, tan solo el deseo los consumía, el deseo los llevó a caer y de deseo estaban hechos la mayoría. Tenía un claro ejemplo con mi compañero, quizás fue el deseo lo que lo llevó a caer y ahora estaba aquí dándome la tabarra. Una cosa estaba clara, y es que desconocía al caído que tenía a mi lado como némesis.
-A veces, ángel, tienes que saber qué preguntas puedes y no hacer, ¿sabes? –me respondió con otra pregunta y sabía él perfectamente que eso me ponía de los nervios.
-Pero por qué, ¿por qué no puedo saberlo? Se supone que eres mi némesis, mi compañero enemigo. Al menos eso debe de ser suficiente –reclamé clavándole una mirada retadora.
-Porque mi caso es uno de los muchos que aún esperan un juicio. Todos conocemos a los ángeles y a sus mayores, pero nadie conoce a los caídos en su mayoría, y también porque no me da la gana que vayan apuntándome con el dedo en cuanto se sepa mi nombre –se explicó mientras pulsaba una y otra vez el botón con el número tres -. Maldita chatarra vieja –cacareó por lo bajo.
-Me prometiste que no volverías a decir esa palabra –advertí.
Él sonrió.
-Ángel, deberías empezar a darte cuenta de que nunca cumplo mis promesas –de repente el ascensor se paró, agitándonos -. Bien, por fin en tierra firme de una tercera planta. Aleluya.