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9.18.2011

Fragmentos de: Mis Razones Para un Último Beso

Cap 5: Te Odio
-¿Qué es…? –pregunté con varios tonos elevados de mi voz.

-Como ves, eso es un libro –dijo como si fuera lo más obvio. Cada vez que pasaba el tiempo en ese lugar sentía que me odiaba aún más por segundos y yo tampoco me quedaba muy corto. Ahora la fachada de caballero amable era la que, básicamente, formaba mi persona porque lo que se trataba de mí, se había esfumado antes de entrar. –Ahí tienes todo lo que necesitas, más bien debes saber sobre nosotros; lo que hacemos, nuestros propósitos para un futuro cercano y blablabla… –especificó haciendo aspavientos indiferentes con las manos en el aire.
Capitulos anteriores en: Mis Textos

9.09.2011

Mis Razones para un Último Beso cap. 4


Capítulo Cuarto: Mal interpretación

La estancia era algo más grande que una despensa, medio oscura e iluminada tan solo por la luz que proporcionaba la ventana abierta. Tal y como había dicho, había un pequeño ventilador al lado de la mesa del despacho, junto a la ventana, que daba directamente al señor Gilbert, quien permanecía sentado en su silla. Su postura me dio a entender que se trataba de un hombre agotado con alguna que otra enfermedad que empezaba a incubarse dentro de su cuerpo robusto.
-¿Se puede? –pregunté antes de entrar.
-Con gusto… -pronunció cada palabra con cierto agotamiento -. Pasa muchacho.
Pesadamente pudo levantarse para estrecharme la mano y presentarse.
-Encantado, yo soy Marc Gilbert, el dueño de este pequeño negocio y el que va a ser tu jefe durante tu periodo de prueba aquí –me informó aunque ya lo sabía perfectamente.
-Lo mismo digo. Yo soy Keith von Kramer y lo más seguro es que ya sepa mi caso. Estoy a su completa disposición –traté de sonar amable y cordial.
El hombre, a pesar de parecer cansado, pudo hacer un esfuerzo para sonreír abiertamente y mostrarme que dentro de aquella fachada de hombre respetable y tirano había cierta nota de gentileza requerida por su oficio.
-Me alegra ver tu entusiasmo por trabajar con nosotros. Como sabrás hay muchas personas que necesitan de nuestra ayuda para poder sobrellevar su día a día. Nosotros nos encargamos de darles un empujoncito para que luego puedan buscarse la vida por sí solos y ser personas de bien.
-Eso quiere decir que sois como una especie de ONG, ¿o me equivoco? –pregunté acomodándome lo mejor que pude en aquella silla.
-Algo parecido, solo que nosotros no nos quedamos con parte de lo que nos es donado. No quiero decir que las verdaderas ONGs lo hagan, claro está. Al fin y al cabo unas cuantas también colaboran con nosotros y nos dan subvenciones considerables y nos recomiendan a sus contactos en la alta sociedad –dijo este mientras se pasaba un pañuelo por la frente sudorosa.
Me mantuve a la espera de que siguiera con su explicación pero se mantuvo callado.
-Dime, Keith, ¿podemos confiar en ti y en tu juicio? –inquirió apoyándose seriamente sobre los codos en la mesa.
Sentí cómo mi expresión tomaba cierto tono de extrañeza ante su repentino cambio de conversación. ¿A caso me creía un ser peligroso del cual se debía dudar? Muy mal encaminado iba.
-De eso no lo dude, señor Gilbert –le aseguré –. Puede confiar en mí plenamente.
Esto al parecer fue un cántico celestial ya que el hombre se relajó hasta el punto de dejar de meter su incipiente barriga que asomaba peligrosamente y amenazaba por romperle la camisa que daba la impresión de que muy difícilmente había conseguido ponérsela esta mañana.
-En ese caso, Keith, si me permites tutearte… -dijo inseguro. Asentí -. Te presentaré a quien va a ser tu guía hasta que puedas moverte por ti mismo por este trabajo –dijo mientras pulsaba una tecla del teléfono que tenía frente suyo -. ¿Podrías venir un momento, por favor? –y colgó.
No tardó mucho tiempo en aparecer y cuando lo hizo me sorprendió que fuera nada más y nada menos que la secretaria, Amanda.
-¿Me llamabas, Jefe? –dijo ésta nada más entrar.
Se me iluminó la mirada cuando la vi acercarse a mi lado ya que esto supondría que tendría compañía, una muy buena compañía, durante mi estancia en aquel lugar.
-Cariño, te presento a Keith –mientras señalaba en mi dirección con un brazo -. Es nuevo y me gustaría que fueras su guía mientras está con nosotros. Dime, ¿podrías hacerme ese gran favor?
La chica no mostró ningún signo de sorpresa ni de indignación ya que se había imaginado en cierta parte a lo que fue requerida. Una parte de mí se alegró porque no opusiera resistencia ya que eso quería decir que la tenía en el bote, pero otra parte de mí se puso alerta en cuanto el señor Gilbert la llamó cariño ya que, ¿y si mantenían una relación más que profesional y yo me estaba metiendo en terreno peligroso? De nuevo, una de las tantas partes de las que estaba formada mi persona se interesó aún más por la situación y quiso obtener cuanto antes su atención aunque eso pusiera en peligro mi condición.
Amanda asintió y se giró hacia mí mostrándome una sonrisa suspicaz.
-En ese caso, encantada, soy Amanda Gilbert, socia de Interlace –se presentó ante mí con esa sonrisa de antes.
¿Amanda Gilbert, socia de Interlace? Tal y como había supuesto, aquella muchacha que tenía delante de mis narices se trataba a lo mejor de la esposa joven que el jefe había conseguido apresar. Menuda suerte.
No pude evitar mostrar mi gesto sorprendido.
-Te pido que me la cuides eh, Keith, ¿sí? Aunque creo que debería ser al revés ya que mi niña es bastante autosuficiente –añadió mientras se acercaba a ella y le pasaba un brazo por los hombros.
El hombre la contemplaba con verdadera admiración y adoración, no con deseo tal y como me había esperado si se tratara de una amante, más bien como si fuera…
-¿Su hija?
Ambos se giraron en mi dirección dejando a un lado esa aura de familiaridad para contemplarme extrañados.
-Jefe, por favor, que estamos en el trabajo. Deja tu parte paternal dentro de casa, ¿si? –le reprochó ella mientras se apartaba del señor Gilbert, empujándolo delicadamente a un lado y se acomodaba el traje de secretaria descuidada.
A pesar de haberme estampado con la verdad en las narices no sabía cómo responder. Me quedé completamente en blanco.
-Ya ves, Keith. Cuando los hijos se hacen mayores reniegan de sus padres –dijo éste mientras adoptaba cierto rastro de abatimiento fingido, quizás para albergar remordimientos en la conciencia de su hija. A pesar de eso, ella siguió mostrándose seria –. Bueno, bueno. Lo mejor va a ser que empecemos con el trabajo. Keith, no hace falta que empieces hoy mismo, te dejo este día para que conozcas un poco las funciones que debes desempeñar ya que serás también el ayudante de Mandy, ¿verdad cariño? –girándose a ella y mostrándole un gesto suplicantemente fingido.
Amanda, o Mandy para los ojos de su padre, no pudo evitar fulminarlo con la mirada, aunque volvió a su rostro inescrutable al segundo siguiente.
-Jefe, sé hacer perfectamente mi trabajo y no te ofendes –dijo en mi dirección –, pero no necesito ningún ayudante.
La expresión iluminada por un aro de luz del señor Gilbert fue apagándose a una velocidad de vértigo mientras su gesto de desolación al escuchar el rechazo de su hija se apoderó de él. Todo aquello, claro está, lo hacía con un poco de actuación.
Mientras escuchaba los lloriqueos de un padre a su hija, yo me dedicaba a contemplarlo todo y en reparar en mi situación. ¿Cómo pude ser tan idiota y dejarme manipular por aquella fémina que parecía ser toda una damisela en apuros? ¡Que le dije que su jefe, y padre en este caso, era un dictador! Había insinuado sandeces acerca de aquel hombre que daba la impresión de que aún le quedaban algunas primaveras para madurar, haciéndole entender que en realidad creía que era un tirano mientras ella escuchaba animada e intrigada sobre mi punto de vista… Hasta ese momento no me había dado cuenta pero, al parecer, aquella encuesta cabía la posibilidad de que la tuviera muy bien aprendida para saber qué sujetos estaba a punto de contratar su padre, quien tenía la impresión de ser un hombre implacable pero que en el fondo se dejaba mangonear hasta por un ratón. Todo aquello había sido una trampa por aquella mujer astutamente intimidante. Y, a la mejor, me estaba metiendo en un buen lío.
-En ese caso no tengo nada más que decirle, tan solo que me alegra tenerlo en nuestro equipo señor von Kramer –y me estrechó la mano.
Una oleada de electricidad me recorrió desde el primer momento en el que su piel tocó la mía. Fue una sensación muy extraña. Aquel hombre desprendía una energía demasiado buena y me agradó con sumo gusto aquel dato. Se podía confiar en él.
-Lo mismo digo, señor Gilbert –traté de ser amable aunque esta vez me salió sólo, sin un ápice de falsedad ni nada parecido.
Las despedidas no eran lo mío por mucho que aquello tan solo se tratara de un simple hasta luego. No sabía cómo hacerme ver a gusto en esas situaciones y me incomodaba profundamente por lo que con un asentamiento de cabeza y una sonrisa flamante me encaminé a la puerta y salí tomando un largo suspiro de satisfacción. Había pasado inadvertido a mis puñaladas traperas. A lo mejor sí que había calado en el fondo de la bella Amanda.
Examiné a mí alrededor y no había ningún rastro de Frankie. Se había volatilizado el muy traidor. Antes de que pudiera ir en su búsqueda, Amanda apareció detrás de mí con un gesto que iba de aburrido a consumido, o quizá a ambas cosas. Aquella mujer sufría muy en el fondo un pesar que no la dejaba tranquila, algo que no contaba al resto y que prefería guardárselo a sí misma. Como había dicho su padre con anterioridad, era una persona autosuficiente y si su padre la veía de esa forma es que se trataba de una persona de tal rango personal, pero por muchos beneficios que trajera encima no dejaba a un lado el hecho de que por ser el nuevo me hubiera tomado por idiota sonsacándome información sin que ella soltara prenda. Se creía muy lista con su autosuficiencia aunque yo lo era más y me lo había merecido con mucho sudor y pocas lágrimas.
La observé regresar a su puesto de trabajo como si no hubiera reparado en mi presencia, como si fuera una efímera presencia en el espacio tiempo, como si no fuera nada. Y maldita sea, esa mujer no podía verme como tal cosa. 

8.27.2011

Fragmentos de: Divina Prohibición

Esta historia la dejé un tanto aparcada por... falta de inspiración, poco tiempo, pocas ganas, y mucho estrés... sí, una vida complicada pensaréis pero estaba de vacaciones y... la pereza a veces supera la resistencia de una servidora, y como me puse a escribir por insomnio pues aquí dejo este cachito:


—¡Basta ya! —ordenó Rafael realmente serio—. ¿Es que acaso no os dais cuenta de la situación? Cleira está ahí, tirada en el suelo en medio de un parque público después de un enfrentamiento con su resistencia, que por cierto —escuché cómo se giraba hacia un lado—, Gabriel, fue una muy mala idea. Y ahora tú, Shem, tienes que venirnos con tus lecciones de creencias siendo tú Don no creo en nadie que no sea el dueño de la revista Playboy —se volvió en mi dirección—. Lo que menos necesita Cleira en este momento es un ambiente cargado de energía negativa, cosa que, cómo no, vosotros os encargáis de crear espléndidamente.

Ya me diréis qué tal :D

Mis Razones para un último Beso cap 3.2

Buff... bueno, aquí dejo el capítulo 3.2, porque es la segunda parte del capítulo La Entrevista, así que nada, aquí está:



La Entrevista -segunda parte-


La estancia no era muy acogedora que digamos pero al menos disponía de unos asientos individuales junto a la pared frente al recibidor, y una mesita donde se mantenían apiladas a duras penas unas cuantas revistas escogidas al azar y algún que otro periódico ya antiguo  lleno de garabatos hechos con bolígrafo. A la derecha del recibidor estaba una puerta por la que, si no recordaba mal, había entrado Frankie, y supuse que allí debía encontrarse reunido con el dueño de aquel antro, también por el hecho de que en un pequeño letrero escrito a negrita con un fondo gris metálico trajera: Marc Gilbert, El Jefe.
La muchacha de antes apareció de entre uno de los pasillos que formaban aquellos despachos separados tan solo por pequeñas paredes de plástico blanco enmarcados por tubos del mismo material pero en negro. Traía consigo unas cuantas carpetas recopiladas unas encima de otras con el riesgo de caer tarde o temprano y provocar un estropicio, por lo que fui rápidamente a ayudarla tomando la mitad de arriba.
-Esto… -dijo ella al ver mi acometida.
-Tranquila, ya te ayudo yo, no te preocupes –la interrumpí mientras seguía su paso.
-Bueno, vale, gracias –y las dejó sobre la mesa del recibidor.
Traté de acomodarlas haciendo otra fila al lado de la que ella había hecho, no sin tanta habilidad como la suya, y veía cómo se alzaba su melena cobriza en una coleta de caballo y cogía una de las carpetas para abanicarse con ella haciendo que su perfume a aromas de bosque rondase a su alrededor dejándome extasiado.
-Vaya, un sitio acogedor –solté en un suspiro breve y juntaba mis brazos a mis costados.
Ésta me contempló, clavándome la mirada firme, haciéndome sentir sumamente cohibido y deseé no haber dicho nada.
-¿De verdad lo crees? –preguntó sorprendida.
Me encogí de hombros como si nada.
-¡Ja! –soltó de repente –. Para el jefe es su primer hogar, para mí es mi lugar de trabajo y para el resto de los que están aquí también lo es –se explico apartando la mirada, concentrándose en la pantalla de ordenador escondido en uno de los rincones de aquella mesa y de vez en cuando desviándola en dirección a las carpetas.
-¿Primer hogar? ¿A caso vive aquí?
Volvió a cruzar su mirada con la mía, enarcando una ceja.
-Dedica más horas a su trabajo que a su propio hogar –dijo con voz neutra.
Asentí lentamente. No me sorprendía en lo más mínimo, para nada. Aún no conocía al que iba a ser mi jefe durante los próximos meses, pero como hombre que soy debía comprenderlo al sentirse aburrido de estar atado a un matrimonio que la única novedad que le proporcionaba era que en el supermercado habían cambiado de cajera porque a la anterior la pillaron “tomando prestado” productos del lugar.
-¿Y cómo es tu jefe? –pregunté al cabo de unos segundos.
No pude evitar acercarme más hasta apoyarme ligeramente sobre la madera y verla más de cerca. Aún tenía cierta apariencia adolescente pero con ciertos rasgos que la hacían ver como una mujer hecha y derecha.
-¿De veradad lo preguntas? –volvió a adoptar esa expresión sorprendida.
Y yo volví a encogerme de hombros.
Se mantuvo pensativa mientras se llevaba el bolígrafo a la boca y masticaba ligeramente el tapón que ya tenía viejos mordiscos, y pude ver que tenía ciertas manías, añadiendo el que se mordía las uñas pues  las tenía bastante descuidadas, y en el mismo estado se encontraban sus labios con alguna que otra herida en estado de curación. Tenía problemas de ansiedad y nerviosismo, lo cual conllevaba a problemas de estrés. Lo pude deducir por aquellas pequeñas señales además de haber visto un cilindro pequeño anaranjado de pastillas, calmantes mejor dicho.
-Pues el jefe es el jefe, ¿qué más quieres que te diga? Le gusta su trabajo, motivo por el cual exige a sus trabajadores toda la seriedad posible.
-Entonces es un adicto al trabajo.
-Se podría decir que algo así –encogiéndose ligeramente de hombros. Su actitud despectiva hacia su jefe me hizo ver que no estaba muy a gusto con su puesto. A lo mejor no tenía mejor propuesta que ésta y se encontraba encadenada a este trabajo sin mucha ilusión.
-Tu jefe debe ser un tirano –dije medio en broma aunque tratando de sonar sincero.
Ésta me clavó su mirada directa nada más proferir aquella frase.
-¿Por qué lo crees? –inquirió enarcando ambas cejas, intrigada.
-Pues porque mientras él está en su despacho retozando en un clima apropiado para el cuerpo humano, vosotros estáis aquí, soportando estas temperaturas que provocarían a cualquiera problemas de deshidratación –me expliqué como si fuera lo más obvio.
La muchacha aún conservaba esa expresión de intriga en el rostro aunque volvió a concentrarse en lo suyo.
-Y dime, ¿cómo sabes que tiene aire acondicionado?
-Pues porque siento cómo del pequeño resquicio debajo de aquella puerta –señalé la puerta del jefe –sale cierta brisa fría en comparación con la que siento en el cuello. Además, yo no he mencionado nada sobre ningún aire acondicionado.
Frunció el gesto aunque asintió satisfecha.
-Veo que eres un buen observador -murmuró.
-En muchos sentidos, la verdad –dije todo pagado de mí mismo.
Dejó todo lo que tenía delante para acomodarse sentándose en la silla, irguiendo la espalda, apoyando los codos sobre la mesa y acabando por entrelazar ambas manos para contemplarme seriamente desde su posición de secretaria.
"Vaya, vaya, qué poco disimula" pensé al verla cómo me examinaba lentamente hasta acabar por mantenerme la mirada.
-Y dime, esto… ¿Cuál es tu nombre, perdona? –quiso saber antes de seguir con la frase.
-Keith von Kramer –respondí mientras alzaba la mano para estrecharla con la suya.
Ella correspondió a mi saludo.
-Bien Keith. Dime, ¿qué más crees conocer del jefe? Porque me he quedado con la intriga de saber tu punto de vista –pronunció cada palabra con cierto tono divertido, como retándome.
Sonreí discretamente.
-¿De verdad te interesa? Me sorprende que quieras saber mi punto de vista… -entrecerré los ojos visualizando la pequeña insignia que llevaba prendida en la camisa para poder leer su nombre: Amanda G. –: Amanda –dije al final.
Ésta desvió la vista allí donde mis ojos se habían concentrado con anterioridad y sonrió volviendo a tomarme atención.
-Continúa por favor, no te detengas, que me interesa aunque no lo parezca.
Asentí.
-Si te soy sincero me importa muy poco lo que le pase a tu jefe, yo tan solo quiero terminar cuanto antes con todo esto e irme para casa y volver a mi vida antes de la sentencia –expresé.
Amanda se volvió a incorporar en su asiento contemplándome con más atención.
-¿Sentencia?
-Sí. Supuse que como eres la secretaria de este lugar debías de conocer mi caso, ¿o no?
En cuanto terminé de pronunciar la frase, ella rápidamente fue a revolver entre las carpetas, supuse que buscando una, y no me equivoqué porque enseguida cogió una amarilla y la abrió, pasando página por página hasta encontrar la que buscaba. Me enseñó la hoja.
-¿Qué es esto? –pregunté mientras le echaba un vistazo a lo que me acababa de entregar.
En ella estaban impresos mis datos personales al igual que mi currículum, mi pequeño inconveniente con la justicia y los motivos por los que debía trabajar en aquel lugar, también vi al final la firma de Frankie y la mía.
-Te puedes hacer una idea de lo que es, ¿no? –insinuó mientras se apoyaba hacia delante en la mesa –. La verdad es que la fotografía no te hace justicia –dijo con tono despectivo, enseñándome una fotografía tomada meses atrás en una rueda de prensa en la que aparecía tal y como estaba ahora sólo que con un traje diferente, regalo de  TommyHilfiger. Con ese pequeño halago me di cuenta de que ya estaba empezando a caer en mi telaraña. Genial. – Aunque, ¿sabes qué? Suelen haber muchos casos como el tuyo, no aguantan mucho tiempo trabajando para El jefe ya que como tú dijiste, en cierto modo, es un tirano.
Alcé la cabeza en cuanto lo dijo.
-¿Otros casos?
Asintió moviéndose aún sentada en la silla hasta un fichero detrás de ella y abrir uno de los cajones llenos de carpetas clasificadas alfabéticamente.
-Vaya… -solté en un silbido.
Le entregué la hoja con mis datos.
-¿Es que acaso el tirano de tu jefe no los aguantó lo suficiente y los echó? –volví a insinuar bromista.
Se encogió de hombros.
Antes de que dijera algo más se abrió la puerta del despacho y de ella se vio salir a Frankie acompañado del rey de Roma. Ambos se dieron un apretón de manos entre risas hasta que el jefe entró de nuevo dejando la puerta entreabierta.
-¿Qué haces aquí? –fue lo primero que dijo Frankie nada más verme allí, todo grosería.
-Yo también me alegro de volver a verte, eh…
-Como bien sabes te dije que te mantuvieras fuera –dijo, más bien murmuró muy cerca de mí.
-Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Además, vine a hacer compañía aquí a la bella Amanda –le expliqué mientras me giraba mostrándole una sonrisa cómplice.
Ella hizo lo mismo muy atenta a nuestra conversación.
Frankie miró en su dirección y supo enseguida mis intenciones.
-Keith, por favor, no la cagues ¿de acuerdo? –me pidió abatido, llevándose una mano a sus ojos, masajeándolos.
-Eh, tranquilo. Puedes confiar en mí.
-¿Tú crees? –insinuó desconsolado.
-Pues claro, hombre de poca fe.
Éste suspiró aún preocupado.
-Esto, disculpad –dijo de repente Amanda, interrumpiéndonos. Ambos nos giramos en su dirección –. El jefe requiere de la presencia del señor von Kramer –anunció formal.
¿Me acababan de decir señor? Vaya formalidad para ser un sitio que carecía de ella.
Asentí, y no sin antes recibir una advertencia de Frankie, abrí la puerta del señor Marc Gilbert, más conocido como El Jefe.

8.19.2011

Mis Razones para un último Beso cap 3.1

Bueno esta es la primera parte de este capitulo, lo que significa que al parecer me entusiasmé demasiado al escribirlo y acabé, no sé cómo, con diez páginas de word… T^T… y por eso la recorté hasta poder publicar las tres oficiales jajaja… así que definitivamente y como es viernes aquí está:
Mis razones para un último beso portada
Tercer Capítulo: Entrevista

Todo en realidad era una horrible y espantosa pesadilla. Nada se había cumplido, convirtiéndose en un mal presagio. Pero en cuanto escuché el despertador a mi lado y la voz de un maleducado, todo a mí al rededor se desmoronó.
-… Venga Keith, es hora de levantarse. Hoy es la gran prueba ¿recuerdas?
Estaba muy a gusto ovillado entre las sábanas de fina tela sedosa, de un olor refrescante para los sentidos, de un dulce empalagoso pero a la vez excitante… Lo que tenía haberlas lavado con un detergente de primera calidad.
-Hum... Déjame un poco más, papaíto, un poco más… -rogué cubriéndome la cabeza con la almohada.
Sentí cómo la presión de sus dedos se iban cerrando cada vez más y más en mis fosas nasales, impidiéndome respirar y que acabase por abrir los ojos obligatoriamente.
-Estarás contento –dije enfadado –, ya estoy despierto.
Me observó detenidamente, con esa expresión que solía poner para que no le llevara la contraria, esa expresión llena de una chispa asesina que sabías que si lo contradecías en lo más mínimo, acabaría volviéndose contra ti tarde o temprano.
-¿Qué? No he hecho nada, al menos que yo sepa. Ni siquiera me he levantado para que se me culpe…
Aún seguía con esa siniestra expresión que ya me estaba poniendo hasta enfermo.
-¿A caso piensas quedarte aquí todo el santo día, Keith? –preguntó al fin después de un momento de tensión en la que saltaban pequeñas chispas que gritaban: “¡Pégale, zarandéale, hazle de todo!”
Estiré los brazos hasta que un “crack” sonó de repente en mis hombros.
-No, usted tranquilo, su señoría. Pienso levantarme enseguida –le informé haciendo ademán de levantarme pero paré al ver que seguía firme ahí como una estatua. Qué irritante llega a ser el tío cuando quiere…
Le hice una señal con las manos para que ahuecara el ala y, refunfuñando, salió, no sin antes echar una última mirada en mi dirección antes de cerrar la puerta, quizás para cerciorarse de que no escaparía ni nada por el estilo. Pero vamos a ver, soy yo… Keith siempre hace sus salidas espectaculares a lo protagonista de película hollywoodiense, si no se trataría de un vil doble de acción y eso no podía ser, no señor.
Me puse en pie, y con los pies enfundados en las zapatillas de conejito que había conseguido rescatar de mis efectos personales, salí al pasillo y luego al comedor-salón. No hacía tanto frío como me había supuesto, más bien había un calor agradable para la piel.
-Buenos días –le saludé todo alegre, tal y como era yo.
Allí, sentado en una silla tomando un café descafeinado en una taza personal, regalo del aquí presente, se encontraba el más grande de los colegas del universo, nada más y nada menos que Francis Rivière.
Me mantuve observándolo, pasmado, en su manera de leer el periódico. ¡Hasta parecía inteligente y todo con sus gafitas de lectura de marco negro azabache y su traje Armani! No entendía su postura de no aceptar ninguna cita. Bueno, vale, lo entendía ya que supuestamente yo le había inducido en la vida de la soltería permanente, porque pobre desgraciado el que decidiera aceptar vivir junto a una histérica que lo único que sabía hacer era poner histérico al hombre con sus celos repentinos. No gracias, yo no deseaba esa vida llena de mitades y más mitades, o entero o nada. Como yo siempre me repetía, en toda relación había una regla de oro, y era: nunca y por nada del mundo te enamores; es algo sumamente asqueroso y repulsivo que lo único que trae consigo es la pérdida total de la cordura del ser humano. Vale que una noche quieras divertirte, vale que en vez de una sean muchas, pero nunca, nunca de los jamases, se te ocurra repetirlo con la misma persona dos veces porque eso significaría que primero, o es que de verdad te ha absorbido el cerebro el “amor”, o segundo, es que verdaderamente estás desesperado por mojar con alguien que lo haces con la misma persona porque es la única que te aguanta. Nunca la desesperación debe hacerse acopio de tu voluntad o sino te esperaría un futuro dentro de un matrimonio formando una familia en la que tu vida se acabaría convirtiendo en un día a día de lo más monótono e insoportable y acabarías arrepintiéndote de no haber parado cuando debías. Al menos, estaba seguro de que esa vida no estaba hecha para mí, por lo cual era inmune a esos lazos que un niño malcriado con pañales y mala puntería trataba de enviarme cada noche a mi cama.
No dijo nada hasta que apartó la vista del periódico para contemplarme de pies a cabeza sin siquiera cortarse lo más mínimo, para nada, seguía mirándome descaradamente. Menudo maleducando.
-Si quieres puedes tomar una foto –apunté al ver que no reaccionaba.
Parpadeó sorprendido, dejando caer sus gafas sobre su pecho acabando en un “toc” a penas audible.
-¿Se puede saber por qué demonio estás desnudo? –preguntó tratando de evitar perder los nervios.
Me contemplé durante unos segundos para ver lo que estaba mal en mí, pero en vez de encontrar imperfecciones vi un cuerpo esculpido a base de gimnasio puro y duro y unas noches alocadas con mujeres de todo tipo; como para no tener un cuerpazo único en su especie como el mío. A eso hoy en día se llamaba envidia.
-Amigo, no debería sorprenderte el verme mostrando mis virtudes al mundo entero, porque lo mío es arte. Sí, arte, y no siento reparos en posar ante un entendido en cultura griega y romana ya que puedo ser considerado un David de Miguel Ángel o un Adonis a tomo y lomo… -dije todo orgulloso de mi cuerpo mientras hacía poses simulando una prueba de cámara.
Escuché un bufido repentino del pecho de mi amigo.
-¿Es que acaso no ves que estás haciendo el payaso? Mira Keith, si no te das prisa llegarás tarde a la entrevista de trabajo, y si llegas tarde a esa entrevista que citó la jueza para poder así permitirte la libertad, créeme que no dudaré en dar mi brazo a torcer y dejarte que pases una buena temporada encerrado –me dijo todo serio, tratando de no verse enfadado ante mis ojos verdes oliva.
-Oh, venga Frankie –dije haciendo pequeños pucheros con los labios sobresalientes. Dios, qué labios. –No es para tanto, ya sabes que no suelo dormir con pijama, lo considero una especie de barrera que impide la libertad del ser humano ante las presiones de la sociedad –añadí con seriedad mientras levantaba mi brazo en lo alto y lo apretaba en un puño mostrando mi disgusto sin reparos.
Él enarcó una ceja, incrédulo.
-Ya, ya, claro… -paró a tomar aire para luego seguir –. Mira Keith, no quiero desilusionarte pero es por la mañana, acabo de desayunar y no quiero estar indispuesto nada más empezar el día. Anda, al menos concédele a este amigo tuyo un minuto de tranquilidad y no le hagas arrepentirse de haberse hecho cargo de un crío inmaduro, porque eso es lo que eres Keith: un crío inmaduro –remarcó la última parte haciendo aspas con los brazos a su alrededor.
Me enfurruñé y fui arrastrando los pies, cabizbajo, por el suelo deslizante, cómo no, se trataba de un parqué muy pulido y pulcro, una delicatessen para unos calcetines blancos a estrenar. El día empezaba ya lleno de impedimentos.
El camino en coche hasta la oficina de mi nuevo trabajo fue tranquilo, bueno, menos alguna que otra discusión debido a mis múltiples intentos de fuga en plena marcha.
-Quédate aquí –me ordenó todo serio.
-Sí, mi capitán –accedí medio en broma poniendo mi mano derecha en la frente como los marines.
Cuando me dejó solo frente a la puerta esperando, no pude evitar contemplar los alrededores. Los edificios, altos pero no tanto como en la Gran Manzana, impedían el alcance con la contaminada atmósfera que rodeaba los cielos de las urbes. Los minutos pasaban y a mí seguía invadiéndome la impaciencia. Necesitaba acción, adrenalina, carreras de coches o lanzarme por un puente o acantilado. ¡Lo necesitaba! Mientras esperaba se me ocurrió un método de matar el tiempo sacando mi arsenal de caballerosidad facilitando el acceso a las damas que entraban allí donde mi amigo se encontraba reunido y de paso a otros establecimientos cercanos. En cuanto dejaron de aparecer damiselas en apuros necesitadas de la ayuda de un alto y guapo príncipe abre puertas, comencé a sentir la necesidad de desaparecer, y justo cuando estaba a punto de fugarme por última vez, una hermosa joven, alta y bien formada, pasó frente a mis ojos. ¡Menudo espectáculo! Me quedé embobado con su seguridad al andar. Lo malo era que su atuendo no es que fuera de lo más atrevido, era lo contrario a las mujeres que había conocido en mis anteriores años, y la verdad, no estaba nada mal.
Hice ademán de abrirle la puerta y antes de que cruzara la puerta del establecimiento me dirigió una mirada fugaz en la que conectamos visualmente durante unos escasos segundos pero que me dieron pie a examinar mejor. Dotada de unos ojos color caramelo que iba adoptando cierto tono verde en el centro, alrededor de la pupila, llamando mucho la atención a su mirada dominante y firme, me hizo sentir cierto temor pero a la vez excitación.
-Hey… -dije mientras le enviaba una sonrisa radiante.
-Buenos días –respondió manteniéndome la mirada seria antes de hacer como si nada y entrar.
Espera, ¿cómo? ¿Tan solo un buenos días soso y desdeñoso? ¡Venga ya! Yo me esperaba algo más parecido a un: “Hola, ¿qué tal?” o “Oh, vaya gracias” mientras me comía con los ojos y así me daba pie a mantener una conversación que la encaminaría poco a poco a una cita incluyendo su dirección y número telefónico. Pero en cambio me veo sin nada de nada. ¿A caso me estaba tomando el pelo? ¿A caso tan mal estaba ese día? Me quedé parado frente a la puerta mientras veía cómo la muchacha desaparecía entre uno de aquellos despachos improvisados que había allí dentro. Gracias a que aquella puerta reflejaba mi figura pude verme y la verdad, no estaba nada mal; estaba absolutamente deslumbrante, como siempre. Entonces, ¿por qué no había pasado nada de lo que había previsto? No pude evitar el impulso de desobedecer las órdenes de Frankie y entrar dentro.

8.14.2011

Mis razones para un último Beso cap 2

Mis razones para un último beso

Capítulo segundo: Adiós fortuna


-¡¿Que no puedo regresar a mi casa ni disponer de mi dinero?! ¡¿Pero qué tipo de sentencia es esa?!
Me quedé petrificado en cuanto Frankie me lo dijo. ¿Acaso la dichosa jueza se fumó algo fuerte antes de dar la sentencia o qué? Si es que no me entra en la cabeza, es imposible, una locura.
-Mira, Keith, es por tu bien. Además te va a venir estupendamente este tipo de escarmiento para la próxima que se te ocurra estamparte contra algo o alguien –me previno mientras me servía un té sin azúcar, tal y como me gustaba.
Me temblaban hasta las manos de la pura impotencia que sentía. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde iba a vivir? Y sobre todo, ¿qué me deparaba el futuro?
-Pero al menos podré ir a por mis enseres, ¿verdad?
-Claro, es una de las excepciones por así decirlo, que mencionó al terminar –me aseguró amistoso.
-¿Y por si acaso no mencionó algún tipo de vivienda mientras dura este escarmiento? Porque, chico, a no ser que regrese a casa de mi padre en Alemania, no sabría qué hacer –pregunté aún indeciso.
Negó con la cabeza.
-Si quieres puedes vivir aquí conmigo. Tengo una habitación de sobra que además y si te das cuenta, pago con tu dinero –indicó señalándola.
Sonreí al ver que mis posibilidades de sobrevivir sin un duro estaban resueltas. Sabía que su sueldo era de varias cifras, yo mismo había firmado su contrato.
-En ese caso solo tengo que ir a casa a por lo que necesite y mudarme aquí contigo. ¡Ay! Lo que te espera. Por que lo sabes, ¿verdad?
Enarcó una ceja, extrañado.
-Somos dos solteros cotizados en uno de los pisos mejores situados de la ciudad. ¿Qué chica no quisiera pasar una noche aquí?
Ya incluso lo estaba viendo pasar ante mis ojos. Los dos, parrandeando noche tras noche para así a la mañana siguiente amanecer con una borrachera insoportable, que hasta el simple murmullo del viento parecería el sonido más infernal que nunca antes se hubiera escuchado.
-Ni se te ocurra, Keith, este piso va a quedar igual de inmaculado y puro como antes de que lo comprase a un pobre diablo que, si te soy sincero, era más feo que el culo de un mandril.
Enserio que me dieron ganas de darle un bofetón resonante por lo que acababa de decir. Siendo amigo mío no podía permitir que algo como esto me perjudicara la reputación, claro que no.
-Esto Frankie, tu a caso… -dudé un segundo en si sonar serio o alegre, pero la verdad, estaba algo cabreado –. ¿A caso tú aún sigues siendo casto?
-¿Disculpa? –inquirió extrañado, evitando atragantarse con su bebida.
-No me digas que no sabes lo que significa la palabra castidad… A estas alturas amigo, déjame que te diga, tienes una mente un tanto aniñada, y mucho más siendo un abogado prestigioso y que se supone que los abogados debéis tener un vocabulario un tanto extenso…
-Perdona, perdona… -me interrumpió posando su taza con sumo cuidado sobre la mesita central –. Sé perfectamente a lo que te estás refiriendo, y la verdad, déjame que te diga yo una cosa. ¿Por qué eres tan indiscreto?
Enarqué una ceja al ver su expresión seria y enfadada. Bueno vale, sé que estuvo a punto de atragantarse por mi pregunta y que casi mancha su precioso sofá de moqueta india, pero vamos a pensarlo desde el punto de vista de un amigo preocupado por la salud sexual de las personas que le importan, porque vale que a los quince aún no hayas hecho nada, ni siquiera pensado, pero que a los veinticuatro ni siquiera se haya alzado alguna que otra falda… Eso sí que era preocupante, y sobre todo para mi prestigio, un hombre reconocido por ser el que sale solo y entra con muchas.
-¿Indiscreto yo?
-No, qué va… -dijo con ironía-. Además a ti qué más te da saber si aún sigo o no siendo virgen. Que sepas que son cosas mías.
-Lo cual afirma mis suposiciones –añadí frotando mi barbilla con interés.
-¿Suposiciones, de qué hablas?
Suspiré hondo y escogí mentalmente mis palabras para no sonar indiscreto.
-Que eres gay –le solté después de pensármelo muy bien.
Esta vez sí que tiró lo que le quedaba de bebida sobre la mesa.
-Si es que yo ya me lo temía, en tu forma de mirar a tus compañeros de oficio, tus acciones y aficiones afeminadas como hacer punto de cruz… ¡Oh, por Dios!
Hasta ese entonces no me había parado a pensar en que…
-¿Y ahora qué lindezas se te han pasado por ese cerebro de chorlito que tienes? –dijo todavía recuperándose de la noticia que le acababa de soltar.
-Estás enamorado de mi, ¿verdad? Si es que lo sabía, lo sabía… -me compadecí de mí mismo. Ya me habían dicho que no solo atraía a mujeres –. Si de eso se trataba debiste decírmelo desde un principio y no guardar ese duro secreto durante tanto tiempo. Debiste sufrir mucho, ¿verdad? Oh, Dios, ¿por qué eres tan cruel dotándome de tanta belleza? ¿Por qué? Ahora voy a perder mi dulce e inocente amistad con el bueno de Frankie…
-¿Quieres dejar de hacer el imbécil con esta escena tan melodramática? Que no estás en una de tus películas ni nada por el estilo. Además, quieres dejar de llamarme gay a la cara, porque para tu información no lo soy, ¿vale? –me dijo molesto.
Sentí que la alegría regresaba a mis mejillas como una bocanada de aire fresco después de un día como el que me ha tocado vivir a mí.
-De modo que no eres gay. ¿Y lo otro? –pregunté impaciente.
Suspiró prolongando el silencio.
-Esto, Frankie, por favor, no me decepciones.
Sus ojos recorrían los alrededores con incomodidad e impaciencia por acabar la conversación. Sabía a la perfección que este tipo de charlas a él lo incomodaban, pero ya era lo suficientemente mayorcito como para darse cuenta de que no debía.
-No, no lo soy –lo echó como si le fuera la vida en ello, una acción un tanto exagerada.
-Vale, ya lo sé, pero ¿y lo otro?
-¡Pero que te lo acabo de responder! –hizo un gesto con los brazos que incluso temí por mi vida. Bueno, tampoco para tanto pero aún así era algo más fuerte que yo –. No lo soy, ¿vale? ¡No soy virgen!
Me quedé un buen rato observándolo con detenimiento, conteniendo el aliento que tanto aprecio tenía ya que le sentaba de maravilla a mis pulmones limpios de todo tipo de humo que no fuera la contaminación de la ciudad, una contaminación llena de vida.
-¿Enserio? –Brillante, estupendo, magnífico. –Oh, no me lo puedo creer… El niño se ha hecho mayor.
Me encantaba tomarle el pelo las veces que veía la ocasión de hacerlo. Me sentía culpable, sobre todo después de lo que había hecho por mí hasta ahora, pero lo que se dice remordimientos, mucho en mi interior no había para nada, era una persona tan amante de mí misma que me daba igual lo que le pasase a otros.
Después de una ardua charla sobre la virginidad de mi amigo y compañero de copas, y actualmente compañero de piso, se decidió que era la hora de cenar.
-Si quieres algo ahí tienes la despensa a tu disposición –me informó levantándose y señalando la cocina de estilo americano.
Me encantaba su piso, claro, cómo no si se lo había escogido yo personalmente cuando le obligué a mudarse a una zona más accesible para mi bienestar ya que allí donde vivía, en ese barrio tan apartado de la mano de Dios, como que no.
-¿A caso no tienes hambre, Keith? –me preguntó extrañado.
-Pues claro, es una pregunta obvia mi querido amigo Frank –apunté cruzándome de piernas y poniéndome lo más cómodo posible –. Y dime, ¿cuándo van a venir las criadas? –pregunté mirando a mí alrededor, impaciente.
Frankie enarcó una ceja en mi dirección para luego seguir mi mirada con la cabeza, luego suspiró con fuerza y se cruzó de brazos con una actitud un tanto seria, nada nuevo la verdad.
-Aquí no hay criadas, Keith, aquí se hace las cosas uno mismo –me informó aún molesto.
-¡Co… cómo! –exclamé sujetándome a los brazos del sofá, o más bien a lo que se suponía que eran –. ¿Entonces cómo demonios, y perdona la expresión, haces las tareas domésticas si no tienes criadas? –inquirí anonadado.
Su rostro se tornó pálido en pocos segundos en los cuales la duda me inundaba por dentro.
-Esto, dime Keith, ¿a caso tú nunca has hecho tareas domésticas? –pronunció las palabras con voz temblorosa.
Negué con la cabeza dejando que mi hermoso pelo dorado se esparciera por los alrededores de mi cara, reflejando destellos cegadores. ¡Ay, cómo lo adoraba!
-Hay que ser vago… Mira Keith, aquí cada uno hace sus tareas. Yo las llevo haciendo desde que era un pequeño mocoso de cuatro años. No creo que se te caigan las manos tan solo por intentarlo, por algo se empieza… –comenzó a hablar para sí mismo como siempre.
-Hey, hey, para el carro amiguito, yo no pienso limpiar nada, por algo pago a unas criadas para que me hagan todo lo que yo quiera –dije dejando las cosas bien claras.
-A saber lo que les obligarás a hacer a esas pobres muchachas –pensó preocupado, entrecerrando los ojos en el infinito, quizá imaginándose la situación –. Pero aquí no hay criadas ni nada por el estilo y yo, ya te dejo esto bien claro: no pienso ser tu criada, ¿de acuerdo?
Puse cara de pocos amigos, refunfuñando hasta que me entró el sueño y me levanté perezosamente para ir a la habitación que otras veces ya había utilizado como una copia de la mía cada vez que Frankie salía de viaje y dejaba a mi cargo su preciado piso, que la verdad, nunca supo para lo que realmente lo utilizaba.
-¿Pero acaso no piensas cenar? –preguntó desde el salón en un grito.
-¡No! –grité ronco-. Ya hasta se me quitaron las ganas –. Y como para que no, menuda estupidez de plan. ¿Quién me mandaba a mí meterme en semejante lío, y sobre todo para meterme en el lío de un maniático de la limpieza que estaba seguro que no me dejaría en paz si no hacía lo mío? Lo conocía demasiado bien como para asegurarlo. Pobre de mí, si es que era tan desgraciado.

8.05.2011

Mis Razones para un último Beso cap 1

Mis razones para un último beso
Capítulo primero: Sentenciado

Sentía cómo cada parte de mi cuerpo se llenaba de una cantidad de adrenalina que nunca jamás pensé experimentar en mis veinticinco años de vida. El ronroneo del coche cada vez que pisaba el acelerador a fondo, el viento azotando mi piel a cada subida de velocidad… Me sentía vivo. Pero, para mi desgracia, hoy no era mi día ya que en un arranque de felicidad acabé, no sé cómo, estampándome contra el muro de uno de los edificios más emblemáticos del país.
Así fue cómo acabé aquí, en una comisaría de policía, rodeado de perdedores malolientes que en toda su vida no habían sido capaces de coger un papel y proyectar sus ideas, algo que yo hacía habitualmente.
–¡No podéis dejarme aquí! Tengo mis derechos como la persona importante que soy –reclamé desde mi sitio detrás de las rejas.
De lo enfurecido que estaba golpeé los barrotes que tenía delante de mí hasta tal punto de hacerlos vibrar por el impacto. Al girarme, vi las miradas asesinas que enviaban mis compañeros de celda hacia mi persona. Según ellos yo era el pijo de turno que en su vida había oído hablar del paro y que por pura suerte había conseguido salir ileso de uno de los tantos abusos que solían impartir los policías sólo por ser el famosillo del momento.
Pero yo no era así, reconozco que en mi vida he tenido que pasarlas canutas con respecto al dinero, más bien lo tenía para dar y tomar, pero era humano, todos cometemos errores constantemente y sabemos rectificarnos.
Fui hacia uno de los rincones de la celda puesto que todos los sitios con pinta de comodidad estaban ocupados o más bien reservados para el próximo verdaderamente culpable. Allí, en ese sitio frío y duro, fue donde pasé la noche más larga de mi vida, al menos ese creí hasta ese momento.
A la mañana siguiente me vi ileso, sin el más mínimo rasguño. Una parte en mi fuero interno gritaba de alegría, otra se quejaba por lo fastidiada que tenía la espalda. Nada más levantarme uno de los guardias gritó mi nombre y acto seguido abrió la puerta, dejándome libre.
Antes de salir pitando como alma que lleva el diablo me giré dándole la espalda al guardia, que me esperaba con gesto resignado a que saliese, y enfrentarme a los presos que “velaron” por mí toda la noche.
-Bueno excompañeros de celda, simplemente os deseo una plácida estancia entre rejas –dije alegremente mientras iba caminando de espaldas hacia la salida –. Y no lo toméis a mal, pero para una futura fechoría evitad ser pillados por la pasma. Bueno amigos, me despido y tened un mal y asqueroso día tal y como lo fue mi horrorosa noche. Paz amigos, paz… -añadí ya alejándome y dejando que el guardia cerrase la puerta lo más rápido posible ya que, justo en ese momento, todos los que estaban dentro se pusieron en pie para abalanzarse sobre mí como los criminales que eran.
-Bueno, Frank, ¿qué me depara el futuro? –le pregunté todo lo despreocupado que pude.
Para ser más claro, Frank era el tipo que me acompañaba en este mismo momento. Sí, el guardia como todos ya conocéis, y también mi abogado. Se me podía considerar un enchufado del sistema.
Suspiró con pesadez.
-Ay… Keith, deberías preocuparte un poco más por tu situación. Tal y cómo vas y cómo van las cosas no creo que esta vez te dejen marchar de rositas como las otras veces. ¡Que fue la estatua del presidente Lincoln lo que te cargaste! ¡Nada más y nada menos que a Lincoln! Si hubiera sido otra cosa vale, pero eso ya fue pasarse de castaño oscuro –me informó escandalizado.
Reconozco que mis problemas con la ley empezaron desde tiempos remotos, justamente desde que me saqué la licencia de conducir y el dinero y la fama me sonrieron de golpe. Primero empecé con buzones de correos, luego pasé a postes de luz, parques y así hasta acabar con edificios y esculturas patrimoniales.
Reí nada más con el recuerdo no tan nítido que tenía grabado en mi borrosa memoria.
-No deberías reírte, y mucho menos con la que se avecina –me previno.
-¿Y eso qué quiere decir exactamente, Frankie? –pregunté intentando imitar su misma seriedad.
-¿Recuerdas que te dije que si no te tocaba la jueza Munich todo estaría bien? –me preguntó disimulando su nerviosismo ante todos los que pasaban por ahí ya que esa información era confidencial.
Seguimos caminando por los pasillos que conducían hacia los juzgados.
Asentí.
-Pues, es ella quien te ha tocado esta vez –me informó ya abriendo la puerta principal que conducía de frente al estrado donde me esperaba una mujer de unos cuarenta y tantos, y cincuenta y pocos, de pelo corto y con una expresión de mala uva que incluso un buldog parecía un cachorrito amaestrado.
Al verla sentí cómo mi estómago se retorcía en mi interior, también podía ser por el puro hecho de que todavía no había probado bocado desde la noche pasada. Todo podía ser posible cuando se trataba de Keith von Kramer.
-Vaya, hasta que por fin nos vemos las caras, señor Kramer –me dijo con su tono de <<soy demasiado anciana y decrépita pero bien formada como para hablar con claridad>>.
-Es un placer tener a tal belleza frente mis ojos después de una noche como la que pasé rodeado de… bestias –dije haciendo una reverencia tal y como el rey de Dinamarca me había enseñado hace ya mucho tiempo.
Al enderezarme vi cómo su ceño se curvaba de pura sorpresa.
-Sabe que es de mala educación hablar así de excompañeros, ¿verdad? –me preguntó aún con el ceño curvado.
Durante unos segundos sus ojos se mantuvieron desafiantes con los míos para luego dirigirse a los papeles que tenía sobre la mesa. Fue cambiando página por página hasta terminar cerrando la carpeta, dando un suspiro suave. Se acomodó las gafas y prosiguió:
-Según lo que me pone en este informe detallado sobre su pasado y presente delictivo, se podría decir que usted no es que se encuentre en su mejor momento –comenzó, posando sus manos cruzadas sobre la mesa –. Además, cabe mencionar que su conducta no fue la mejor durante su arresto.
-¿Ah, no? –pregunté inocentemente.
-Agredió a uno de los policías, señor Kramer –señaló en tono severo, entrelazando las manos sobre la mesa.
En un principio no supe cómo tomarme semejante acusación hasta que al intentar recordar lo sucedido la noche pasada, todo, incluso ese momento, lo tenía borroso.
-¡Espere un momento! –salté de repente de mi asiento –. Eso que usted menciona yo, al menos, no lo recuerdo –dije en mi defensa.
Mi abogado, policía y compañero de copas, que estaba sentando a mi lado, me cogió del brazo tratando de contenerme y tiró de mí para que me sentara.
-Keith… -susurró mi nombre con precaución.
-¿Qué? –pregunté en su dirección –. Además, no creo que tengan pruebas que me inculpen.
-Oh, claro que si las tengo, y para mi suerte, esta vez tengo incluso más de las que esperaba. Y ahora mismo me acaba de mostrar otra con su comportamiento, señor Kramer –dijo ella con el ceño tan liso por la alegría que hasta una sonrisa se podía apreciar en sus labios llenos de botox.
-¿Cómo cuales? –preguntó mi amigo ya de pie.
-Como por ejemplo el hematoma que le dejó su cliente en el ojo de su colega de oficio, o el video en el que aparece golpeándolo en el momento en que se le pide muy gentilmente que lo acompañe a la comisaría por ir a una velocidad excesiva debido a los efectos del alcohol, intento de fuga, y, sobre todo, el daño ocasionado a un monumento público –leyó lo que tenía en los papeles cada vez más escandalizada.
-¿Video? ¿Qué video? –preguntamos los dos a la vez.
-El video que la cámara del coche patrulla consiguió grabar. Como cualquier hijo de vecino sabe, los coches patrullas tienen incorporados a sus salpicaderos cámaras de vigilancia por si ocurren espectáculos como los que usted fue capaz de ocasionar –informó mirándome petulante.
-¿Eso es cierto? –pregunté volviéndome a Frankie.
Él asintió desdeñoso.
Sentí cómo la presión de la sala caía sobre mí.
-Además podría encerrarlo de nuevo por haberme alzado la voz. Le recuerdo que está en una situación algo delicada, sobre todo siendo yo la que dicte su futuro -añadió amenazante.
Al escuchar sus palabras algo en mi fuero interno se encendió de golpe.
-Ya entiendo –volví a interrumpirla –. Lo que le pasa a usted, jueza Munich, es que me está cobrando lo sucedido con su hija –le recriminé.
-¡Óigame usted! –exclamó perpleja.
-¿Tengo o no tengo razón? Que sepa, su señoría, que lo sucedido con su hija fue un simple malentendido. Yo nunca quise propasarme con Amelie, más bien fue ella la que trató, en todo momento, de quitarme los pantalones –informé en mi defensa ya que en mi opinión me parecía una injusticia.
-Keith… -volvió a susurrarme algo ansioso mi abogado.
-¡Pero bueno! ¡Agentes, arrestadlo ahora mismo! –gritó la jueza en dirección a los dos orangutanes que permanecían quietos junto al estrado.
Estaba que echaba fuego por la boca, sólo le faltaban las escamas para parecer un dragón, o, en este caso, una lagartona.
-Disculpe su señoría, pero en este caso protesto –dijo Frankie poniéndose en pie nuevamente saliendo en mi defensa –. Preferiría que los asuntos personales quedasen a un lado en este caso.
-¡Protesta denegada! Y que sepa que fue su cliente el culpable al atreverse a desafiarme de tamaña manera.
-Y lo tengo muy presente, su señoría, por eso quiero pedir que este juicio siga sin la presencia de mi cliente ya que en estos momentos todavía se encuentra algo alterado por los sucesos ocurridos mientras se encontraba en comisaría. También es por lo que pido que no se tenga en cuenta cualquier tipo de comentarios hirientes por parte suya –propuso Frankie mucho más calmado que los allí presentes.
Se mantuvo dubitativa durante unos instantes hasta que cogió su mazo y dijo:
-Se le concede un receso de media hora en el que su cliente deberá abandonar la sala, eso sí, sin salir del establecimiento ya que tal hazaña le sería tomado como un intento de fuga –y una vez terminado su discurso dio un golpe de mazo sobre la madera de su mesa.
  Todos se pusieron en pie, incluso mi abogado. De mucho no llegué a enterarme, pero lo que sí me quedó bien claro era que no me querían allí, y me alegro.
-Bueno Frankie, ¿cómo va la cosa? –le pregunté una vez fuera.
Dio un suspiro prolongado.
-Keith, ¿estás loco o qué te pasa? ¿Cómo se te ocurre sacar semejante tema en medio de un juicio? –me inquirió enfadado.
-¿Cómo que cómo? Pues muy fácil, abriendo la boca y articulando. Pruébalo, no creo que sea muy difícil –le respondí con mofa mientras me quitaba una pelusa de mi hombro.
Frunció el ceño.
-Te lo digo en serio y tú te lo tomas a broma. Que sepas que es tu vida la que vas a cagar como sigas con este plan. Además, porque te considero un buen amigo soporté lo que hiciste allí dentro porque si se lo hubieras hecho a otro pobre desgraciado, lo más seguro es que te hubiera dejado tirado en medio de la sala –me advirtió.
-No lo creo –le contesté muy seguro mientras me bebía un café con leche.
-¿Ah, no? ¿Por qué?
-Muy fácil, porque les pago, y muy bien. Eso tú lo sabes mejor que nadie. Se podría decir que el dinero puede con todo.
-¿Y si no lo tuvieras? ¿Qué harías en ese caso?
Me quedé callado, sorbiendo lo último que me quedaba de café.
-Pues te llamaría a ti, mí querido amigo Rivière. Tú que siempre me sacas de todos los líos en los que me meto sin querer –le dije pasando mi brazo por sus hombros de manera amistosa.
Y no tenía de otra después de convertirse en mi abogado indefinidamente. Al principio se mantuvo distante conmigo por el hecho de ser una mala influencia y cosas por el estilo, pero después de reunirnos tantas veces debido a según él “mis actos vandálicos”, nos hicimos muy buenos amigos.
Puso los ojos en blanco.
-Pero bueno, ahora que “doña venganzas” me ha pedido que no entre en la sala, ¿qué tienes pensado hacer?
-Intentar negociar, a sabiendas de que no será nada fácil, pero al menos trataré de que no te encierren. Quizás libertad condicional o servicios comunitarios no te vendrían nada mal…
-Espera, ¿servicios comunitarios? ¡Estás loco o qué! Yo haciendo servicios comunitarios… ¡Ja! No me hagas reír. Mejor trata de conseguirme la libertad condicional, que al menos es mucho más blando y suena mejor: Libertad condicional –repetí con énfasis.
-No te hagas ilusiones amigo mío, que puede que te toque lo contrario. Aunque si quieres libertad condicionada prepárate para pagar un suma considerable de dinero, lo digo por lo de la reparación del monumento y todos los daños y perjuicios ocasionados –explicó muy tranquilo.
Normal, en su caso ya que no sería su bolsillo el que se resentiría.
Pasada la media hora las puertas de las sala se cerraron con mi amigo-abogado dentro. En cierta parte me daba miedo lo que podía ocurrir allí dentro pero me tranquilizaba la idea de que se tratara de Frankie el que me representara, el mejor abogado del estado, incluso se podía decir que del país.
Mientras veía cómo pasaba el tiempo a mí alrededor, esperando a que terminase todo, un montón de abogadas, con sus camisas ceñidas y sus faldas cortas, pasaron frente a mí mirándome con ojos juguetones. De vez en cuando correspondía a sus miradas pero la verdad, en ese momento no estaba como para pedir direcciones, no sólo por mi mala presencia, sino porque apestaba a vagabundo por culpa de mis colegas de celda.
Después de una hora allí dentro, Frankie salió todo sonriente y relajado, saludando y dando apretones de manos a los jueces que lo rodeaban. Lo más seguro es que estuvieran felicitándolo.
-Bueno, según me das a entender…
-He conseguido que no te metieran en la cárcel –me informó con una sonrisa arrebatadora para ser un tío.
-¿En serio? No me lo puedo creer, bueno sí, pero no pensaba que tan rápido. ¿Qué hiciste? Le enviaste alguna que otra indirecta a la jueza cara perro ¿o qué? –intenté sonsacárselo a base de codazos.
Soltó una carcajada y abrió su maletín con una habilidad que sólo se obtiene con el paso de los años de experiencia ya que si os soy sincero, el primer día que lo tuve como abogado era un completo desastre, la ineptitud personificada, se le caían hasta las gafas. Sí, gafas. Suerte que lo llevé de compras y ahora lleva un traje aceptable y unas lentillas como Dios manda. Extrajo unos papeles y me los entregó.
-¿Qué es esto? –le pregunté sonriente.
-Son los papeles que debes rellenar si quieres salir libre –me informó muy pagado de sí mismo.
-¿En serio? Y después de esto se acabó, ¿no?
Se mantuvo en silencio un buen rato, acomodando papel por papel que posaba en mis manos extendidas, hasta que dijo:
-Para conseguir tu libertad sí, pero… -vaciló un segundo antes de seguir –. Enserio no sé cómo lo consigues pero tío, tú tienes un ángel de la guarda o algo por el estilo.
-¿A qué te refieres? –le pregunté extrañado.
-¿No te enteraste? –inquirió perplejo, levantando la cabeza para mirarme de frente.
Negué sin comprender.
-A último momento, justo antes de que se dictara sentencia, la jueza Munich recibió una llamada del hospital y tuvo que salir a toda prisa de la sala –me informó resplandeciente.
-¿En serio?
-Sí, y, además, la jueza que te tocó como suplente es una vieja amiga mía a la que, si te digo la verdad, le encantas –. Vaya, no me extrañaba que una jueza de avanzada edad se interesara en mí por mi tipazo y presencia, pero tanto como para ayudarme en mis problemas con la justicia… Mi imaginación en momentos así no se podía considerar brillante.
-¿Entonces estoy libre sin ningún cargo? –pregunté esperanzado.
-No del todo –dijo vacilante.
-¿Cómo que no del todo?
Ya me estaban empezando a temblar las piernas por la presión.
-Me refiero a que tienes que pagar una suma muy fuerte de dinero para la reparación de los destrozos que ocasionaste, también como fianza y…
Se le apagaron los ojos.
-¿Y...?
-Y deberás cumplir un tiempo de servicios comunitarios como condena a tu mala conducta hacia La Patria –me soltó de golpe.
Eso fue como una patada a mis partes nobles. Me cayó como un balde de agua fría… ¡Servicios comunitarios!
Intenté tranquilizarme y no soltar una sarta de blasfemias debido a que no estaba en el lugar apropiado, pero sentía que si no decía algo iba a acabar explotando.
-Te dije que servicios comunitarios no. ¿Cómo…? –mascullé con la mandíbula tensa.
Se encogió de hombros.
-No tenía de otra. O servicios comunitarios o pasar un largo tiempo en Chirona. Además hay algo más… pero eso creo que va a ser mejor verlo en casa e ir primero a hacer los trámites para tu libertad, ¿no te parece? –me preguntó ya empujándome por la espalda hacia las oficinas.
Al menos al salir pude respirar aire puro y fresco de ciudad, rodado de civilización y, ¿por qué no?, mujeres, quienes me esperaban revoloteando como conejillos en mi lujoso apartamento de la Gran Manzana.

6.05.2011

Divina Prohibición cap 3

3. Gabriel

Pasadas las dos y media de la madrugada, una pesadilla infernal me amordazó el cuerpo con sus tenazas oscuras y sangrientas.
Sentí cómo las garras de algo me desgarraban la espalda. El dolor fue martilleante, como si me graparan hojas a mis omóplatos; la sangre caía en pequeños riachuelos bajo mis pies, y mis manos se clavaban a la corteza del tronco en el que me apoyaba. No podía más, aquel sueño me estaba matando.
Una parte de mí me decía que no era real, que en aquel sueño tan solo era una niña indefensa e inconciente de lo que me sucedía, pero de repente, como si el que recreaba ese sueño me leyera mi monólogo mental, ahí estaba yo con veintidós años, sufriendo en carne propia lo que tanto temía: el dolor de las alas.
Mientras me aferraba lo más que podía a la vida, una voz, más bien dos, me llamaron de lejos. Unas voces muy familiares, tanto que me alivié de tenerlas al lado.
Shem salió de detrás de Rafael, reflejaba el horror absoluto mientras que Rafael gritaba un nombre que no supe comprender y de repente todo se había envuelto en sombras.
—¡Cleira! —gritó Rafael cada vez más alto entre las tinieblas, como si tratara de alcanzarme a donde ya no podía.
Las tenazas se aprensaron a la piel de todas mis extremidades, y la sangre cayó aun más, marcando la oscuridad con su rojo escarlata.
—¡Ángel! —gritó esta vez Shem, y las tenazas me soltaron, haciéndome caer al vacío absoluto del que la luz repentina de una lámpara puso fin.
Abrí los ojos y me encontré de frente con los grises ojos de Rafael, abiertos de par en par, contemplándome angustiado desde el extremo de mi cama.
Me sentí empapada en sudor, como si me hubiera sumergido en una piscina en plena noche, y un desgarrador dolor en plena espalda.
—Cleira, ¿estás bien? —dijo Rafael, sentándose a mi lado, pasando una mano por mi frente sudada —. Ha sido otra vez esa pesadilla, ¿verdad?
Su mirada llena de comprensión ante mi miedo me hizo querer abrazarlo con todas mis fuerzas. Rafael había sido quien me acunaba desde que era una niña y había sufrido el primer ataque de pánico reflejado en mis sueños en forma de pesadillas muy vívidas. A lo largo de los años conseguí neutralizarlas, incluso había llegado a omitirlas y dormir plácidamente, pero desde la muerte repentina de Charlotte las pesadillas volvieron, mortificándome nuevamente durante las noches, y Rafael, al igual que yo, estábamos viviéndolo todo con más intensidad.
—Lo siento mucho, Cleira, de veras que lo siento mucho —decía mientras me ahuecaba el pelo con sumo cuidado, inundándome el cuerpo con su aura tranquilizante, como su fuera un analgésico para mi dolor.
—No tienes por qué sentirlo, Rafael, soy yo la que te quita el sueño todas las noches sin ninguna tregua —tenía la boca pastosa con sabor a sangre… hum… Genial, me había mordido la lengua mientras dormía.
Traté de sentarme, me dolía la espalda un mundo y estar acostada no me ayudaba demasiado, ni por mucho que fuera una cómoda cama de agua. Rafael había decidido comprarla para hacerme más llevadero el dolor después de pesadillas así.
—¿Te duele la espalda? —preguntó serio él, apoyando su mano en mi hombro, y no pude evitar dar un respingo de aviso.
—No es para tanto —traté de darle poca importancia.
Pero él no me creyó y se levantó de la cama con gesto aun más serio, enfadado.
—Les dije que era peligroso —bramó para sí mismo, Rafael pocas veces se ponía así, y todas cada vez que el dolor que trataba de disimular me delataba —, les dije que aún no era el tiempo pero no me hicieron caso.
—¿De qué hablas?
La voz me falló y acabé tosiendo, manchándome las manos y las sábanas con salpicaduras de mi propia sangre. Rafael me vio horrorizado, frunciendo tanto el entrecejo que pensé que se le iban a meter las cejas en las cuencas de los ojos y vino enseguida a limpiarme las manos con su pañuelo.
—Esta es la primera vez que pasa —apuntó él.
—Lo sé —y me sorprendí a mí misma sintiendo las lágrimas del pánico recorrer mis mejillas.
Rafael volvió a ponerse en pie y se marchó al salón.
Traté de ponerme en pie y seguirlo. Nunca antes había sangrado de esa forma, sí por alguna herida que me hacía mientras dormía, pero esta vez, a parte de la mordedura en la lengua, la sangre había venido de dentro de mi organismo, y eso tanto él como yo nos dimos cuenta. A Rafael no había quién lo engañara en algo así, él simplemente lo sabía.
Trastabillando con mis propios pies llegué a duras penas al pasillo y vi a Rafael iluminado por la luz de la calle, contemplando con los ojos vidriosos la lluvia que caía fuera. Los ojos de un ángel siempre reflejaban los sentimientos humanos, y Rafael ahora estaba sufriendo por mí, y eso me mataba aun más que la pesadilla.
Caminé hacia él y lo abracé por la espalda, apoyé la cabeza a su espalda. Me llené de su fragancia exquisita, tan envolvente y apaciguadora…
—No hicieron bien en elegirme, Cleira. Puedo curarte las heridas pero no puedo curarte ese dolor interno… si estuviera aquí Gabriel… —murmuró con recelo.
—Y eso que más da, Rafael, para mí Gabriel es como un desconocido, pocas veces ha venido a visitarme, y sólo lo ha hecho para dejarme aun más trastornada… Los intentos de Gabriel son buenos pero… creo que me han empeorado.
Recordé las veces que Rafael me había dejado bajo el cuidado de Gabriel, las veces que había tratado de eliminar el dolor de mi alma y es que antes había necesitado ayuda psiquiátrica y estuve internada durante unos meses en el centro donde Rafael atiende indecisos. Gabriel me trató y consiguió devolverme a la realidad, y yo se lo agradecí, pero después de ello él se fue y no regresó, y el dolor fue en aumento a excepción de la resistencia. Me hice más fuerte y mi aguante mental no me permitió caer nuevamente en el abismo del terror.
—Pero a pesar de todo él consiguió más que yo… Si no hubiera sido por su intervención aún seguirías en esa cama de hospital atada y sedada —se apartó de mí como si me repudiara, como si no soportara mi proximidad, pero sabía que trataba de castigarse a sí mismo por no haber conseguido ayudarme.
—Lo sé, pero Rafael…
El timbre sonó interrumpiendo mi discurso.
Ambos nos giramos hacia la puerta y Rafael se acercó para abrirla y Shem apareció al otro lado, calado hasta los huesos, con el pelo pegado a su cara y sus botas chirriando por el parqué del suelo, y entró sin reparar en Rafael que aún sujetaba la puerta y se acercó donde estaba yo.
—¡Ángel! —dijo apresurado y me agarró por los hombros con ambas manos y me giró, dejándome de espaldas a él.
—¡¿Qué haces?!
Estuvimos así un buen rato hasta que él disminuyó la presión de sus manos que me sujetaban muy cerca del foco de mi dolor.
—Pero si no tiene… —me soltó—. ¿Qué pasa Rafael? ¿A qué vino esa llamada de antes? —le preguntó él, molesto a la vez que impaciente.
Tanto Rafael como Shem se sostuvieron la mirada hasta que la bajaron a la vez.
—¿Tú lo llamaste? —pregunté a Rafael sorprendida por tal acción. Rafael, el que siempre le tenía una sorna precavida a Shem… me dejó sin palabras.
Ambos, tanto ángel como caído me observaron inmutables y se sentaron rendidos en el sofá.
—Hasta que por fin lo comprendes —dijo Shem con una media sonrisa pintada en los labios, pero su seriedad hizo que a penas fuera una mueca.
Seguí de pie al lado de la ventana, sintiendo cómo las gotas de lluvia se estrellaban contra el cristal, como si trataran de atravesarlo y darme de lleno. Estaba tan sensible a lo que me rodeaba que a duras penas conseguí llegar a la silla al lado del sofá.
—¿Qué haremos ahora? Los ataques cada vez son peores y Cleira… ella puede que… —se frenó a media frase, apretando sus manos hasta dejar sus nudillos blancos como la nieve.
—¿Has llamado a Gabriel? —dijo Shem con la mirada perdida y desenfocada, sumergido en sus maquinaciones.
Shem siempre supo lo de Gabriel, una vez tuvo que verse obligado a llamarlo cuando, en medio de una discusión sobre si Emma debía o no seguir el consejo de su amiga la creyente de vampiros, me dio un ataque, el primero estando despierta y consciente de mis actos. Shem se espantó tanto que se quedó pálido como el papel y me llevó en volandas al centro donde Rafael consiguió sedarme y dejarme grogui.
Rafael asintió seguro hacia Shem.
—Mis sueños… —interrumpí el silencio principal habido entre esos dos—. ¿Qué me pasó? No recuerdo nada y lo que veo en los sueños, más bien pesadillas, es cómo me salen las alas y supuestamente no puedo tenerlas hasta cuando consiga el título de ángel.
Rafael levantó la cabeza y me miró fijamente.
—Así es.
—Entonces eso quiere decir que a lo mejor… yo… voy a recibir mis alas pronto, ¿verdad?
Esta vez fue Shem el que me miró con tanta fijeza que pensé que me atravesaría con rayos x la cabeza.
—No sé yo si eso sea así… —empezó no muy seguro.
—Puede que sea eso, pero Cleira, es mejor que no te hagas ilusiones con la proximidad de esa entrega.
De repente, en medio de nuestra conversación, un torbellino se formó en medio del salón y una luz cegadora iluminó la habitación, más bien todo el piso, y de ella unas alas blancas inmaculadas salieron hasta chocar contra las paredes y el techo: las alas del arcángel Gabriel.